La música amansa las fieras y despierta el alma


Mi hermano está de visita y a la hora de comer deja el ordenador enchufado haciendo sonar la retahíla de canciones que tiene en el iTunes. Igual que cuando íbamos al instituto y al volver a casa nos sentábamos todos a comer: mi padre (que es profesor), mi hermana, mi madre (dependiendo del turno de trabajo), él y yo. La hora de la comida debía ser amenizada y presentada por música. Y no puedo decir que cada día fuese un CD distinto porque las canciones que más le gustaban se repetían una y otra vez, como una famosa canción de Enrique Iglesias o el álbum entero de Laura Pausini. Éste último creo que lo teníamos en cinta de casete porque hasta en los trayectos en coche había que escucharlo. Nos sabíamos la letra de memoria aunque no entendiéramos algunas palabras porque al estar traducidas del italiano, en la versión española, las traducciones se acoplaban más al ritmo de la melodía que al significado entero de la canción. El caso es que la música alegraba a mi hermano y esa alegría quería transmitirla a los demás con los altavoces a todo volumen. ¡Qué pensarían los vecinos a las tres de la tarde!

Hoy a la hora de comer, las 13:30 porque estamos en Suiza, la música no estaba alta, era más bien un susurro que venía de lejos dejando entrever una melodía. Pero en un momento inesperado entre bocado y bocado dice mi hermano – ¡esta es buena!- se refiere a la canción que está sonando. Yo dejo el tenedor apoyado en el plato y escucho. Entonces me doy cuenta de que ha comenzado a cantar Ronan Keating con la canción que se hizo tan famosa por la película Notting Hill. Sin embargo, no es por la película por lo que lo dice mi hermano sino por lo siguiente:

- ¿Te acuerdas de cuándo estábamos en Inglaterra? – digo tras la pausa.

El sonríe y responde. Casi siempre recordamos las mismas peripecias de aquel verano.

- Sí, el día que quedamos en Londres y estuvimos en Trafalgar Square. Después de darles de comer a las palomas y pedirle que nos hiciera una foto repletos de pájaros te dije que no le gustaban los bichos…- Los dos nos echamos a reír al volver a recordar uno de los muchos episodios anecdóticos de la primera vez que nos fuimos un mes fuera de España, a familias de acogida en Inglaterra para practicar inglés.

- ¡Cómo nos reíamos en el museo británico contándonos cosas de nuestras respectivas familias! ... Yo cumplí allí los dieciocho- prosigo.

- Entonces yo tenía quince, para cumplir dieciséis.- añade él.

La canción de Ronan Keating la compramos aquel día u otro en el que nos volvimos a encontrar en Londres. Y claro, al volver a España aquel fue el CD estrella de las comidas por una larga temporada, aunque nuestro inglés aquellos años no fuera lo suficientemente bueno como para entender la canción.

Y así con Ronan Keating sonando de fondo seguimos compartiendo recuerdos. Recuerdos que suelen ser siempre los mismos y que si no se comparten se van perdiendo en la lejanía de la memoria. Y al terminar la canción viene otra distinta que hacer volar nuestra mente e imaginación.