Nuestras últimas visitas turísticas durante nuestras vacaciones soleadas de noviembre fueron a Málaga y Fuengirola.
En Málaga, obtuvimos una primera perspectiva de la ciudad desde la altura de un bus turístico. Gracias a este medio de transporte subimos hasta el castillo, que por 2,10 euros merece la pena visitar. Desde allí arriba, las vistas de la ciudad y del puerto son increíbles. El olor a pino era intenso y refrescante.
Paseamos después por el centro, con calles decoradas con luces navideñas, mientras que nosotros íbamos en manga corta y mi novio aún se atrevió a comprarse un helado. Es una ciudad de múltiples facetas y rincones por descubrir que se vuelve más viva que nunca cuando se pone el sol y se encienden las farolas y la iluminación del teatro romano. Una ciudad que sorprende, donde lo más antiguo convive con lo más moderno, y los naranjos dan sombra en los paseos.
El sábado 12 fuimos a Fuengirola. Era un día caluroso y tras andar arriba y abajo por el paseo marítimo visitamos el Bioparc. Un zoo pequeñito, pero con una gran idea, la de reproducir el hábitat de los distintos animales en espacios abiertos y naturales, dejando de lado la tradicional jaula y el cemento.
Al entrar, el visitante se encuentra con la reproducción de un árbol de Baobab. Un árbol especial de Madagascar, cuyas ramas cuando pierden las hojas parecen raíces, de ahí que su nombre signifique “árbol invertido”.
Lo más divertido fue pasear entre lémures y conocer a estos pequeños peludos animales. Los lémures, son muy sociables y curiosos, se acercaban al vernos y daban unas ganas tremendas de tocarlos, pero entonces se acabaría la visita. Nos explicaron, que al igual que los humanos, tienen en las manos cuatro dedos y un pulgar con uñas cortas. La verdad, es que son divertidos, sobre todo cuando se sientan y apoyan las manos en las rodillas como si fueran pequeños budas meditando. También vimos un tigre blanco, un gorila, cocodrilos, murciélagos, y un sinfín más de animalillos. ¡Nos lo pasamos como niños!
Al día siguiente y durante una semana que nos quedaba de vacaciones, estuvimos en un rancho de caballos en las montañas de Fuengirola. Hicimos, por primera vez, un curso intensivo de monta a la española, pero en un rancho regentado por alemanes. Era como un campamento, había varios grupos de jinetes, de acuerdo a su nivel. Mi novio y yo éramos los únicos que empezábamos de cero y estábamos en un grupo solos con la guía. Se montaba dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Comíamos y cenábamos todos juntos en un comedor. Igual que un campamento de verano, pero con grupos de adultos, en los que nosotros éramos los más jóvenes. Así, por la mañana, después del desayuno nos encontrábamos todos en las cuadras, todavía desperezándonos, con los ojos medio cerrados y con lentos movimientos limpiábamos y preparábamos los caballos para salir. Después, en la comida, cuando nos volvíamos a encontrar, comentábamos las aventuras del día: el trayecto realizado, quién había perdido una herradura, si se había galopado, qué caballo no paraba de comer hierbas del campo, etc.
No había siesta, pues no había tiempo para ello, al ser noviembre el sol se ponía sobre las seis y había que aprovechar las horas de luz. En el paseo de la tarde, se podía elegir otro caballo o coger el mismo. Tras probar un par, encontré a Canela, una yegua marrón oscura con una orejas que me parecían un poco más alargadas y puntiagudas de lo normal, pero muy tranquila y cuidadosa a la hora de bajar pendientes. Porque el curso, consistía en eso, salir al campo y seguir los caminos marcados por la naturaleza. Poco a poco íbamos aprendiendo a subir y bajar repechos como las cabras. Pues estos caballos estaban acostumbrados a moverse por zonas escarpadas por las que yo no habría ido ni a pie. En más de una ocasión me sentí como en los anuncios de famosos cigarrillos americanos, sobre todo cuando uno de los últimos días, atamos a la silla el chubasquero porque parecía que iba a llover, además de llevar una cuerda especial. Parecíamos cowboys de verdad.
La sensación de orgullo al volver, especialmente si se había galopado, era inmensa. Volvíamos a limpiar los caballos y les quitábamos la montura, le rascaba la cabeza a Canela que estaba sudando y me miraba con sus ojos grandes y profundos y por un momento me parecía que me podía leer el pensamiento o incluso rozar mi alma con una sola mirada.
Nos duchábamos y jugábamos con los perros mientras esperábamos para la cena. Había unos siete perros de aguas. El más joven siempre traía algún palo para jugar. A veces, subía demasiado en la escala de tamaño y traía un tronco de leña que apenas le cabía en la boca. Y ante la ausencia de juguetes perrunos como pelotas de goma, en medio del campo cualquier cosa podía servir: una mandarina, un melocotón, un limón (que incluso se atrevió a morder haciéndonos a todos rechinar los dientes y ensalivar al verlo) o una simple cuerda que se encontró tirada. La cuestión era jugar y como cualquiera estaba dispuesto a seguirle, todo servía.
La comida en el rancho alemán era cocinada al estilo español por una cocinera de Bulgaria. La mezcla de países era notable y continuamente se podían percibir connotaciones de uno u otro. En el comedor por ejemplo, había libros y revistas en alemán, un mapa de Andalucía decoraba la pared y a mí me parecía imposible estar en España oyendo otros idiomas constantemente. Los yogures, el bote de mermelada por la mañana tenían etiquetas en español. Un día, de postre hubo chirimoyas y antes de comerlas se tuvo que explicar cómo hacerlo porque de los allí presentes, excepto yo, nadie las había probado. Y un fruto que yo considero habitual, aquel día, se definió como algo exótico.
Tras la cena había una pequeña tertulia y los jinetes (en su mayoría alemanes, franceses y yo) nos íbamos conociendo y entablando amistad. Por la noche, desde la cama, se oía relinchar a los caballos. Y por la mañana al salir al balcón olía a heno fresco.
Durante nuestros paseos pudimos contemplar la ciudad de Fuengirola a nuestros pies, sobre un caballo y el mar infinito al fondo. El paisaje repleto de retama, tomillo, espliego, olivos y naranjos, desprendía un olor que abría el apetito de los caballos. Pasear entre estas hierbas me traía recuerdos de infancia y a pesar del idioma extranjero me sentía en casa, en mi lugar, pues era un paisaje muy parecido al que crecí. No obstante, en uno de los paseos nos encontramos con algo desolador para los amantes de la naturaleza, allí en medio del paraje natural se habían tirado escombros y basura de todo tipo: ruedas de neumáticos, latas oxidadas, botellas, electrodomésticos etc, etc, etc. Daba rabia después de pasear cerca de un olivar, admirar el mar a lo lejos y las verdes montañas, de repente, encontrarse con un paisaje como éste. “¿No se supone que en cada ciudad hay un punto limpio donde llevar todo esto sin contaminar, sin poner en peligro los campos y sin arriesgarse a recibir una multa? Además, cuesta el mismo esfuerzo traer hasta aquí la basura y tirarla que llevarla a un punto limpio.” Estas dudas nos asaltaban cuando intentábamos sortear cristales de un espejo roto y otros materiales cortantes.
El domingo 20 volvimos a Suiza. Eran las cinco de la tarde y ya era de noche. En el aeropuerto nos recibieron árboles y luces de Navidad. El contraste fue notable después de estar una semana en un rancho en medio de las montañas con un sol primaveral.
“Una multitud baja por las escaleras mecánicas y hay que unirse a ella para coger el tren a tiempo. De repente, echo de menos la tranquilidad del campo, el verde, el sonido de los pájaros, el olor a caballo, a espliego, a pino, el olor de la humedad de la tierra por la tarde y no este maremágnum de olores artificiales liderados por el último perfume que se promociona. O el tacto de la goma del pasamanos de las escaleras mecánicas. Tengo los ojos cansados y necesito respirar aire fresco. Creo que me he asilvestrado en una semana.”













