Crónicas de viaje II. Almuñécar y Frigiliana

Hoy miércoles antes de empezar nuestra ruta turística, mi novio va a una peluquería de la zona porque antes de salir de Suiza no le dio tiempo a cortarse el pelo y siente que ya lo lleva demasiado largo, yo sin embargo, se lo veo bien. Las peluqueras son españolas, pero una de ellas entiende y habla alemán lo necesario para tratar con las clientas. Utiliza términos que ni yo misma conozco, para que luego digan que los españoles no hablan otros idiomas. En la costa, quien trabaja de cara al público sabe inglés y quizás algo de alemán sin problemas, como pude comprobar al recoger el coche del alquiler o en el hotel. El corte le cuesta ocho euros, lo que le sorprende mucho porque en Constanza, Alemania, por cortar la misma cantidad de pelo pagaría 26 euros y en Suiza entre 45 y 50 francos suizos. 

Con su nuevo look y la cara salpicada de diminutos pelos que le han caído durante el proceso, nos vamos a Almuñécar. Cada vez que el GPS pronuncia la palabra Almuñécar no puedo dejar de reírme porque suena muy raro, evidentemente con un acento propio de una máquina. Aparcamos en el parking del mercado municipal y andamos hasta la oficina de turismo. Parece una ciudad tranquila y menos acosada por el turismo como Nerja. Cruzamos el parque de Majuelo. Es un parque con una gran variedad de plantas, sobre todo palmeras, a nuestro paso nos vamos encontrando con esculturas de piedra de formas variadas, también hay pequeñas casitas de artesanía donde se puede comprar o ver cómo se trabaja el cuero, la cerámica y otros materiales y también hay restos romanos. Es un parque que no es grande, pero lo tiene todo.

Una parte de la playa de Almuñécar

La oficina de turismo es un palacete del siglo XIX. Merece la pena entrar sólo para echar un vistazo a los techos y curiosear las habitaciones contiguas a la sala de información. El jardín también merece ser visto con su típica fuente en forma de estrella mudéjar y fósiles decorando el césped. Aunque los fósiles no son de la zona. Luego llegamos hasta la playa que está tranquila, sin apenas oleaje. Hay alguna barca reposando sobre las piedras, porque no es una playa de arena. Y nadie más. Sólo mi novio y yo bajo un sol espléndido caminando sobre los guijarros. Alguno está tan plano de la erosión que inmediatamente tienta a mi novio y lo lanza sobre esas tranquilas aguas. “Parece el lago Constanza en lugar del Mediterráneo” pienso yo. Subimos al Peñón del Santo desde el cual se erige una gran cruz. Las vistas desde aquí son espléndidas. Se ve la otra parte de la playa de Almuñécar y un horizonte azul donde las gaviotas de vez en cuando se sumergen en busca de peces.


Después subimos hasta el castillo y paseamos por sus estrechas calles. La mayoría de las casas son blancas con sus balcones de forja desde los que cuelgan todo tipo de plantas. Y así, cada calle, algunas con una anchura en la que sería imposible que pasase un coche, parece que compite por su decoración vegetal y para el paseante resulta ser una sorpresa agradable y un descubrimiento en cada paso de jardines secretos que surgen de la nada.

Más tarde, nos tomamos algo en la terraza de un bar que a simple vista parece español, pero es regentado por una pareja sueca. Parece ser que en Almuñécar la población de extranjeros predominante es la sueca, como muestran carteles en las tiendas o algunas de las personas que están sentadas a nuestro alrededor. Como tapa gratis nos sacan gambas cocidas. Y a pesar de que ya las ha comido alguna vez, quizás por navidad en casa de mis padres, enseño a mi novio la forma más rápida y fácil de pelarlas. Eso sí, el acabar con los dedos limpios y sin olor a gamba no está garantizado. ¡Y qué a gusto se está tomando algo bajo el sol español!

Tras cargar energías nos ponemos en busca de la casa de la cultura, donde hay un museo sobre la zona. Después de perdernos por algunas calles y descubrir naranjos repletos de fruta o tiendas con cosas curiosas en los escaparates, por fin conseguimos encontrarla y está cerrada. Resulta que Almuñécar es muy tradicional en este sentido, tanto tiempo viviendo fuera de España y ya se me había olvidado lo más importante, la siesta. Así, de dos a cinco de la tarde está todo cerrado. Todo excepto el acuario. Y allí vamos.



Quién ha visitado el de Valencia, no se va a dejar impresionar por el acuario de Almuñécar. No obstante y partiendo de la base que es más pequeño que el valenciano, tiene su encanto. Además mi novio y yo estamos solos, en cuanto a humanos se refiere. Y como no tenemos prisa nos dedicamos a leer las explicaciones de la creación de los océanos y el mar Mediterráneo que con letra grande van decorando las paredes. “Las especies marinas prehistóricas debieron de ser increíbles y monstruosas a la vez” pienso mientras voy leyendo cómo de organismos unicelulares con los muchos millones de años se pasó a los grandes cetáceos. Los peces manta nos saludan salpicando con las aletas la superficie de su tanque cuando pasamos a su lado. Y un empleado que revisa un acuario me dice que son muy curiosas. También vemos a Nemo y a Doris. Y no sé si es desde que la película hizo tan famosos a estos dos peces, pero ahora se pueden encontrar en los acuarios de todas las ciudades a estos dos simpáticos animales siempre juntos en el mismo tanque. Quizás para que los niños digan a sus padres “¡mira, papá, Nemo!”

Por supuesto, en un acuario no pueden faltar la morenas con su cara de malas amigas, tortugas y los tiburones nadando tan despacio y con la boca ligeramente abierta para que sepas a lo que te enfrentas si te encuentras con ellos. Y luego están los peces bulto, esos que ningún visitante se acuerda de qué tipo de peces son, que nadan juntos formando una gran masa. Y como frente a algún tanque hay un banco para sentarse, me quedo observando sus lentos movimientos, es como ver la televisión o el crepitar de un fuego, igual de hipnotizador. Entonces me sumerjo en mis pensamientos y llego a la conclusión de que en mi vida anterior debí de ser un pez, por todas las veces que me quedo embobada con la boca abierta ante algo y mi hermana me tiene que recordar que la cierre.

Tras la incursión en el mundo marino cogemos el coche y nos vamos a Frigiliana antes de que anochezca. Frigiliana está en la montaña. Y es conocida por sus casitas blancas y sus calles empedradas formando mosaicos. Las calles que bajan del castillo de Almuñécar podrían ser un anticipo de lo que uno se va a encontrar en todo el pueblo de Frigiliana. Aquí, está todo coordinado al mínimo detalle. Los contadores o paneles eléctricos de las casas en el exterior de la fachada, son una ventanita de madera. Todo es del mismo blanco inmaculado igual que un lienzo que espera ser pintado. Y aunque la mayor parte del pueblo es cuesta arriba, se pueden ir haciendo descansos para admirar los paraísos verdes que van surgiendo, esos jardines ocultos que se van abriendo paso. En definitiva, Frigiliana, esa mancha blanca que se recoge en la verde montaña y guarda en su interior pequeñas sorpresas.



Lamentablemente, las fotos que hicimos, como ya no había luz, no hacen justicia de la belleza y el encanto de sus calles.

Crónicas de viaje

El lunes 07 de noviembre sale nuestro avión de Zúrich a las nueve de la mañana con rumbo a Málaga, la costa del sol. Durante el trayecto sobre volamos Zaragoza. Hay una capa de nubes impenetrable como una gran alfombra blanca que no me deja ver lo que hay debajo. Pero yo sé que pasamos por encima de la ciudad que me vio nacer. Una ciudad que se mueve y vibra un lunes por la mañana ajena a lo que pasa por encima de ella. Mientras tanto, yo me imagino a cada uno de los miembros de mi familia allí abajo, del tamaño de hormiguitas haciendo sus tareas diarias.

Llegamos a Málaga sobre las doce y cuarto. Las nubes se han quedado atrás en Sierra Nevada y luce el sol implacable haciendo honor al nombre de la zona. Cogemos el coche de alquiler que teníamos reservado y nos adentramos en la autovía del Mediterráneo. Nuestro hotel está en Torrox costa. Al llegar oigo hablar alemán. Nos damos un paseo por la playa y nos cruzamos con una gran mayoría de germano parlantes. Incluso las matrículas de los coches y los carteles de tiendas y bares están en alemán. Me siento extranjera en mi propio país y la ilusión que tenía de volver a inundarme del idioma español queda frustrada de primeras porque el idioma predominante, al menos en esta zona de costa, es el alemán.

No obstante, el paseo es de lo más agradable. Parece increíble que estemos en noviembre. En el hotel nos habíamos cambiado de ropa, del otoño a la primavera, de la camiseta de manga larga y la chaqueta, a la camiseta de manga corta y el pantalón corto.  No me extraña que la tercera edad centroeuropea esté aquí reunida. Hay algunos valientes que incluso se bañan en el mar y yo le digo a mi novio que deben de ser noruegos porque si para los alemanes esta temperatura es como la primavera, para los noruegos debe de ser verano. Más tarde, acudimos a la cena del hotel, tenemos media pensión y ante nuestros ojos se abre un variado buffet libre. Por supuesto, en estos casos hay que probarlo todo, pero sobre todo la paella, que tanto echo de menos en Suiza, el gazpacho tan típico andaluz y las olivas de distintas clases y colores. Ahora sí que parezco extranjera atiborrándome de comida española como el resto de comensales del salón. Antes de acostarnos veo la primera parte del debate entre Rajoy y Rubalcaba, a la segunda parte ya me duermo, al fin y al cabo nos hemos levantado a las seis de la mañana y nos queda mucha semana de turismo por delante.


Al día siguiente, martes 08, nos vamos a pasar el día a Nerja. Aparcamos en el parking de la plaza España, esa plaza que se encuentra en todas las ciudades españolas, y casi por casualidad llegamos hasta información y turismo donde me pongo a recoger folletos como loca, una afición heredada de mi madre. Nos dan un mapa y nos informan de que en Nerja se rodó la mítica serie de “Verano Azul”, algo que yo no sabía en absoluto. Y así emprendemos nuestra visita al pueblo con sus principales puntos de interés haciendo referencia a la serie. A partir de ese momento no puedo quitarme de la cabeza y de tararear la musiquilla de la famosa serie. Y para que mi novio, que es alemán, no piense que me ha dado algo, le explico de qué va y le hablo un poco de los personajes.

Vemos entre muchas otras cosas, el parque de verano azul, dedicado a la serie y a sus actores, donde se encuentra el barco de chanquete. Luego llegamos al “balcón de Europa” un mirador donde se puede contemplar el mar y la costa de Nerja. Nos adentramos por la calles estrechas de casas blancas y adoquines para encontrar el bar que salía en la serie. Intento rememorar mentalmente alguna escena y me doy cuenta de que necesito ver la serie otra vez. Hacemos una pausa en este recordatorio televisivo de los años ochenta para tomar algo en un bar de tapas. Nos sentamos en la terraza. Hoy me he puesto crema para el sol en la cara, las gafas de sol han sido necesarias hasta ahora y la frase que no paramos de repetir es “no parece que sea noviembre”.


Pedimos algo de beber e inmediatamente con la bebida nos sirven una tapa gratis como en Madrid, tal y como pude comprobar hace algún tiempo. Lo que lamentablemente no es típico en Zaragoza. Una vez más, me asombra la diversidad cultural de este país y me siento orgullosa de poder formar parte de ella. La tapa que nos sacan son dos mini bocadillos de chorizo frito que está buenísimo. Después nos compramos un helado y seguimos caminando por las calles de Nerja, descubriendo a nuestro paso playas recogidas, casi secretas. Pasamos cerca del parador y le intento explicar a mi novio qué es un parador, aunque creo que no se lo dejo muy claro pues ni yo misma sé qué diferencia hay entre un parador y un hotel. Seguimos andando y andando hasta que llegamos a playa Burriana, la playa principal de la serie. Una playa larga y preciosa con algún chiringuito y grupos de jóvenes, que acaban de salir del instituto, jugando a volley playa.


Volvemos andando hasta el parking y nos vamos a las cuevas de Nerja que están a pocos minutos del pueblo. Las cuevas que fueron descubiertas en 1959 por tres jóvenes del pueblo que cazaban murciélagos, recoge increíbles estalactitas y pinturas rupestres, aunque estas últimas no son visibles al público. La amplitud de la cueva mayor y todas las formaciones geológicas le dejan a uno sin habla y mejor, no se vaya a caer alguna estalactita, pues las hay de grosores considerables. Algunas partes del techo se asemejan al fondo del mar plagado de corales. 

Ya de vuelta, llegamos al hotel a tiempo para el comienzo de la cena.“It’s ten to eight and we’re already going to bed” (son las ocho menos diez y ya nos estamos yendo a la cama) “there must be something wrong with us” (algo nos pasa) me dice mi novio más tarde mientras me lavo los dientes. “Se nos ha contagiado el ritmo de la tercera edad” pienso yo. Luego le descubro tumbado en la cama, pero sólo debajo de la colcha. Por segunda vez se le ha olvidado que en el sistema de camas español también hay una sábana.

Vacaciones en el sol

Domingo, 06.11.2011

Esta semana ha estado en su mayoría cubierta por la niebla. En total, a lo mejor hemos podido ver el sol directo dos horas. Había más luz dentro de casa que fuera en la calle donde todo era gris, daba igual que fueran las diez de la mañana como las cuatro de la tarde, el cielo tenía el mismo aspecto: carente de luz, de color, sin vida.

Pero a todo, incluso a la niebla, se le puede sacar provecho, pues al igual que las polillas revolotean y se apiñan junto a la única luz que brilla en la oscuridad de la noche, así estaba el centro comercial, a rebosar de polillas, quiero decir, de gente. Porque de forma inconsciente cuando todo a tu alrededor es gris, uno busca el color y la luz donde sea. Y la forma más rápida y fácil de conseguirlo es yéndose a ver tiendas, escaparates cuidadosamente iluminados, librerías que te invitan a entrar con sus estantes repletos de libros nuevos con brillantes cubiertas, tiendas de decoración, por supuesto ya con lo de navidad, con parpadeantes bolitas para el árbol que te echan un guiño con un destello cuando pasas a su lado. Sí, eso anima el espíritu y la vista que ya se había acostumbrado a una pantalla gris. Y aunque sólo vayas a mirar, al final, siempre acabas comprando algo por muy insignificante que sea, como mi último marca páginas.

Y para combatir el comienzo de la época de nieblas en la zona y recargar vitaminas lumínicas nos vamos de vacaciones al sol. Como buen alemán o suizo que se precie nos vamos de vacaciones a España. Cuando uno vive en el corazón de Europa entiende por qué España es uno de los destinos favoritos de los turistas, entre muchas otras cosas, por su sol redondo y brillante como las naranjas de Valencia y por esa media hora de luz más que se puede disfrutar del día. Y antes de irme quisiera recordaros que hay que ir preparando las plantas del balcón o del jardín para el invierno.
Yo voy mirando la previsión del tiempo para ver cuándo va a empezar a helar para estar preparada. Si se tienen macetas pequeñas, se puede poner un pequeño invernadero para tenerlas todas en el mismo sitio. En tiendas de jardinería venden invernaderos de distintos tamaños para montar en casa. Pero si no quieres gastarte dinero, en la red hay videos como éste (en inglés):
http://www.youtube.com/watch?v=IS45KA1k8kg de cómo hacer un invernadero con botellas de plástico recicladas. No parece muy difícil, cuando tenga más tiempo, espacio y suficientes botellas, lo intentaré. Sin embargo, si te pasa como a mí, que no tienes mucho tiempo y tienes que recurrir a cosas que haya por casa, te propongo que simplemente uses lo siguiente: cartones, plástico y todo lo que sea material de embalar.

Invernadero rápido:
Se cogen un par de cajas de cartón. Se abren para pegarlas la una con la otra y formar así el contorno de lo que sería una gran caja. Se recorta un poco por delante y se pega con cinta aislante un plástico que haga de techo y baje por delante. Describirlo suena un poco complicado. En realidad, se haga como se haga se puede conseguir un buen lugar para nuestras plantas, pues el cartón es buen aislante, siempre y cuando no se moje con la lluvia. Para las macetas redondas y más grandes compré un material especial que vendían en “Aldi”, el supermercado preferido por los alemanes,  pero el mismo plástico de burbujas de embalar sirve para proteger nuestras plantas del frío.

A simple vista parece un poco cutre, pero he de decir que funciona. Además, sirve de cobijo para insectos como las mariquitas. Aquí en Suiza, como siempre vamos adelantados, en cuanto a frío se refiere, ya abrigué mis macetas hace unas semanas y están bastante bien, el geranio de flores rojas sigue floreciendo y tiene las hojas más verdes y sanas que nunca. Así que, ha reciclar cartón y prepararse para la bajada de temperaturas.