Mis cosas


Hace unos días andaba por la calle y un coche que iba en dirección contraria paró a mi lado y bajó la ventanilla. Pensé que como en muchas otras ocasiones preguntarían por una calle, una dirección, algo. Cuál fue mi sorpresa cuando el conductor, parando en mitad de una calle estrecha con la posibilidad de obstaculizar el tráfico, me indicó que se me había caído el pañuelo de cuello unos metros atrás. Quedé tan perpleja que casi no me dio tiempo de darle las gracias. Y al darme la vuelta, allí estaba, caído en la acera, a punto de ser perdido, mi pañuelo de cuello favorito que había colgado del brazo junto a la cazadora porque hacía un calor inesperado.

Tras recuperarlo, lo agarré con fuerza, aunque me sudara la mano, para no soltarlo hasta que no estuve en casa. Y es que perder cosas me sabe a cuernos quemados (expresión curiosa). Quizás porque tengo mucho apego a las cosas materiales, a mis cosas. No me gusta ir de compras especialmente, generalmente compro cuando de verdad lo necesito. Y luego les tengo un apego inusual a mis enseres. Cuánto más tiempo lleva algo conmigo, más unida me siento a ello. Soy además una persona cuidadosa. Por lo que, si pierdo algo, me acuerdo el resto de mi vida de cuándo y dónde lo perdí. Y si además era un regalo de un ser querido, la pérdida se vuelve más dolorosa.
 
De este modo, quedé profundamente agradecida al hombre que se le ocurrió parar en medio de la calle para avisarme de mi descuido, en una semana, que desgraciadamente había perdido una luz trasera de la bici, de esas que se ponen y quitan, y el carnet de la biblioteca no aparecía por ningún sitio. Por suerte, la semana no llegó a más y el pañuelo sigue conmigo.