Crónicas de viaje IV. Málaga, Fuengirola y caballos

Nuestras últimas visitas turísticas durante nuestras vacaciones soleadas de noviembre fueron a Málaga y Fuengirola.

En Málaga, obtuvimos una primera perspectiva de la ciudad desde la altura de un bus turístico. Gracias a este medio de transporte subimos hasta el castillo, que por 2,10 euros merece la pena visitar. Desde allí arriba, las vistas de la ciudad y del puerto son increíbles. El olor a pino era intenso y refrescante.
Paseamos después por el centro, con calles decoradas con luces navideñas, mientras que nosotros íbamos en manga corta y mi novio aún se atrevió a comprarse un helado. Es una ciudad de múltiples facetas y rincones por descubrir que se vuelve más viva que nunca cuando se pone el sol y se encienden las farolas y la iluminación del teatro romano. Una ciudad que sorprende, donde lo más antiguo convive con lo más moderno, y los naranjos dan sombra en los paseos. 


El sábado 12 fuimos a Fuengirola. Era un día caluroso y tras andar arriba y abajo por el paseo marítimo visitamos el Bioparc. Un zoo pequeñito, pero con una gran idea, la de reproducir el hábitat de los distintos animales en espacios abiertos y naturales, dejando de lado la tradicional jaula y el cemento. 

Al entrar, el visitante se encuentra con la reproducción de un árbol de Baobab. Un árbol especial de Madagascar, cuyas ramas cuando pierden las hojas parecen raíces, de ahí que su nombre signifique “árbol invertido”. 

Lo más divertido fue pasear entre lémures y conocer a estos pequeños peludos animales. Los lémures, son muy sociables y curiosos, se acercaban al vernos y daban unas ganas tremendas de tocarlos, pero entonces se acabaría la visita. Nos explicaron, que al igual que los humanos, tienen en las manos cuatro dedos y un pulgar con uñas cortas. La verdad, es que son divertidos, sobre todo cuando se sientan y apoyan las manos en las rodillas como si fueran pequeños budas meditando. También vimos un tigre blanco, un gorila, cocodrilos, murciélagos, y un sinfín más de animalillos. ¡Nos lo pasamos como niños!


Al día siguiente y durante una semana que nos quedaba de vacaciones, estuvimos en un rancho de caballos en las montañas de Fuengirola. Hicimos, por primera vez, un curso intensivo de monta a la española, pero en un rancho regentado por alemanes. Era como un campamento, había varios grupos de jinetes, de acuerdo a su nivel. Mi novio y yo éramos los únicos que empezábamos de cero y estábamos en un grupo solos con la guía. Se montaba dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Comíamos y cenábamos todos juntos en un comedor. Igual que un campamento de verano, pero con grupos de adultos, en los que nosotros éramos los más jóvenes. Así, por la mañana, después del desayuno nos encontrábamos todos en las cuadras, todavía desperezándonos, con los ojos medio cerrados y con lentos movimientos limpiábamos y preparábamos los caballos para salir. Después, en la comida, cuando nos volvíamos a encontrar, comentábamos las aventuras del día: el trayecto realizado, quién había perdido una herradura, si se había galopado, qué caballo no paraba de comer hierbas del campo, etc.


No había siesta, pues no había tiempo para ello, al ser noviembre el sol se ponía sobre las seis y había que aprovechar las horas de luz. En el paseo de la tarde, se podía elegir otro caballo o coger el mismo. Tras probar un par, encontré a Canela, una yegua marrón oscura con una orejas que me parecían un poco más alargadas y puntiagudas de lo normal, pero muy tranquila y cuidadosa a la hora de bajar pendientes. Porque el curso, consistía en eso, salir al campo y seguir los caminos marcados por la naturaleza. Poco a poco íbamos aprendiendo a subir y bajar repechos como las cabras. Pues estos caballos estaban acostumbrados a moverse por zonas escarpadas por las que yo no habría ido ni a pie. En más de una ocasión me sentí como en los anuncios de famosos cigarrillos americanos, sobre todo cuando uno de los últimos días, atamos a la silla el chubasquero porque parecía que iba a llover, además de llevar una cuerda especial. Parecíamos cowboys de verdad.

La sensación de orgullo al volver, especialmente si se había galopado, era inmensa. Volvíamos a limpiar los caballos y les quitábamos la montura, le rascaba la cabeza a Canela que estaba sudando y me miraba con sus ojos grandes y profundos y por un momento me parecía que me podía leer el pensamiento o incluso rozar mi alma con una sola mirada.

Nos duchábamos y jugábamos con los perros mientras esperábamos para la cena. Había unos siete perros de aguas. El más joven siempre traía algún palo para jugar. A veces, subía demasiado en la escala de tamaño y traía un tronco de leña que apenas le cabía en la boca. Y ante la ausencia de juguetes perrunos como pelotas de goma, en medio del campo cualquier cosa podía servir: una mandarina, un melocotón, un limón (que incluso se atrevió a morder haciéndonos a todos rechinar los dientes y ensalivar al verlo) o una simple cuerda que se encontró tirada. La cuestión era jugar y como cualquiera estaba dispuesto a seguirle, todo servía.

La comida en el rancho alemán era cocinada al estilo español por una cocinera de Bulgaria. La mezcla de países era notable y continuamente se podían percibir connotaciones de uno u otro. En el comedor por ejemplo, había libros y revistas en alemán, un mapa de Andalucía decoraba la pared y a mí me parecía imposible estar en España oyendo otros idiomas constantemente. Los yogures, el bote de mermelada por la mañana tenían etiquetas en español. Un día, de postre hubo chirimoyas y antes de comerlas se tuvo que explicar cómo hacerlo porque de los allí presentes, excepto yo, nadie las había probado. Y un fruto que yo considero habitual, aquel día, se definió como algo exótico.

Tras la cena había una pequeña tertulia y los jinetes (en su mayoría alemanes, franceses y yo) nos íbamos conociendo y entablando amistad. Por la noche, desde la cama, se oía relinchar a los caballos. Y por la mañana al salir al balcón olía a heno fresco.


Durante nuestros paseos pudimos contemplar la ciudad de Fuengirola a nuestros pies, sobre un caballo y el mar infinito al fondo. El paisaje repleto de retama, tomillo, espliego, olivos y naranjos, desprendía un olor que abría el apetito de los caballos. Pasear entre estas hierbas me traía recuerdos de infancia y a pesar del idioma extranjero me sentía en casa, en mi lugar, pues era un paisaje muy parecido al que crecí. No obstante, en uno de los paseos nos encontramos con algo desolador para los amantes de la naturaleza, allí en medio del paraje natural se habían tirado escombros y basura de todo tipo: ruedas de neumáticos, latas oxidadas, botellas, electrodomésticos etc, etc, etc. Daba rabia después de pasear cerca de un olivar, admirar el mar a lo lejos y las verdes montañas, de repente, encontrarse con un paisaje como éste. “¿No se supone que en cada ciudad hay un punto limpio donde llevar todo esto sin contaminar, sin poner en peligro los campos y sin arriesgarse a recibir una multa? Además, cuesta el mismo esfuerzo traer hasta aquí la basura y tirarla que llevarla a un punto limpio.” Estas dudas nos asaltaban cuando intentábamos sortear cristales de un espejo roto y otros materiales cortantes.

El domingo 20 volvimos a Suiza. Eran las cinco de la tarde y ya era de noche. En el aeropuerto nos recibieron árboles y luces de Navidad. El contraste fue notable después de estar una semana en un rancho en medio de las montañas con un sol primaveral. 

“Una multitud baja por las escaleras mecánicas y hay que unirse a ella para coger el tren a tiempo. De repente, echo de menos la tranquilidad del campo, el verde, el sonido de los pájaros, el olor a caballo, a espliego, a pino, el olor de la humedad de la tierra por la tarde y no este maremágnum de olores artificiales liderados por el último perfume que se promociona. O el tacto de la goma del pasamanos de las escaleras mecánicas. Tengo los ojos cansados y necesito respirar aire fresco. Creo que me he asilvestrado en una semana.”


Crónicas de viaje III. La Alhambra de Granada.

El flamenco con su ritmo y sensualidad hace saltar el corazón y mover los pies al compás del zapateo aunque se esté sentado. El grupo de la tercera edad en primera fila con las gafas bien ajustadas, no se perdía detalle del espectáculo. Sobre todo, cuando salía la mujer más entrada en carnes con el vestido marcando pecho y contoneando las caderas. Pero las mujeres tampoco le quitaban ojo al mozo que bailaba con las bailadoras y secretamente deseaban tener unos años menos y ser ellas las protagonistas de esos bailes en lo que los bailarines se rozan y saltan chispas de sensualidad por todas partes. El show de hoy, después de la cena en el hotel, rejuvenecía, aunque fuera en espíritu, a cualquiera.

Hoy, jueves diez de noviembre, durante el día, hemos estado visitando la Alhambra de Granada, que en árabe significa “la roja” por el color de su ladrillo. Estaba majestuosa con el fondo blanco de Sierra Nevada. Personalmente, lo que más me ha gustado ha sido el Generalife con sus jardines, jugando con el agua y el verde de los cipreses. Porque la Alhambra es un conjunto de construcciones y palacios dentro de un mismo recinto amurallado, siendo de mayor importancia: la Alcazaba, los Palacios Nazaríes, el Partal y el Generalife.

Y lo mejor del día, ha sido pasear con este tiempo estupendo, sentir el olor del boj, de los rosales, las flores…el olor del verano. ¡Verano, no! Otoño, que estamos en noviembre. Hay que repetírselo mentalmente varias veces para no olvidarse. También ha sido interesante conocer los habitantes de la Alhambra, los gatos, que al igual que sus compañeros egipcios custodiaban las pirámides, éstos, de razas y colores distintos protegen la Alhambra. Pasean por el recinto, corren por los jardines conociendo cada entresijo, beben agua de sus estanques y algún que otro pez naranja de los que allí tranquilamente nadan, también deben pescar; les piden comida a los turistas en la plaza de la Alcazaba y, a veces, se quedan quietos cual esfinges junto a algún monumento y entonces, el grupo de turistas asiáticos que pasa por allí se pone a hacerles fotos como locos. Sí, los gatos son un elemento presente en la Alhambra para deleite de mi novio que le encantan. Sin embargo, sus intentos de acercarse a alguno de ellos han sido fallidos, pues todos huían de él.

Los Palacios Nazaríes, son quizás los más famosos y conocidos de la Alhambra y es que son increíbles en cuanto a mosaicos, arcos y todo lo que el arte mudéjar nos pueda deparar. Eso sí, yo no paraba de pensar “y ¿qué pondrá aquí?” Pues las paredes estaban llenas de frases o palabras (no se sabe cuándo empieza o termina una oración) escritas en árabe con esas letras curvas que se alejan de nuestro abecedario y que tienen formas delicadas, bonitas y un tanto artísticas para la vista. “Sería divertido aprender árabe” pensaba mientras observaba y fotografiaba las inscripciones.

 Lamentablemente los leones de dicha famosa sala no estaban. Habían conseguido escapar en un momento de descuido del guarda, saliendo a la plaza a perseguir a los gatos y posteriormente a la sala de restauración. Así que, la sala emblemática de la Alhambra estaba patas arriba, en obras. “Claro, aprovechan que es noviembre, temporada baja, y no verano para hacer obras” . Le digo a mi novio y enfatizo la palabra noviembre. “Estamos en otoño” me lo vuelvo a repetir mentalmente. Es difícil creérselo cuando hay veinte grados y brilla el sol cuando precisamente en Suiza por esta época habría veinte grados menos y empezaría a nevar.

Antes de entrar a la Alhambra, porque teníamos la visita por la tarde, hemos paseado por la ciudad y comido unas tapas. Y si algo destacaría, sería visitar la Alhambra por la tarde, pero con el horario de verano en el que hay más horas de luz y da más tiempo para pasear y disfrutar de sus jardines con tranquilidad y descubrir sus secretos, como encontrar algún granado cuyo fruto da nombre a la ciudad. También coger el minibús número 32 que va desde la Alhambra hasta el mirador de San Nicolás, donde se puede contemplar la Alhambra en toda su plenitud. Nosotros lo hicimos por la noche y este fue el resultado con un cámara digital normal:

Y por último, mencionar las tiendas de artesanía, cerámica y de guitarras en las calles que suben de la ciudad a la Alhambra. Porque “éto e Andalusía, quillo” y aquí se toca la guitarra.

St. Nikolaus

Martes, 06 Diciembre 2011

Hoy en Alemania es St. Nikolaus. El papá Noel germano. Es tradición que el señor Nikolaus con su barba blanca y traje de terciopelo rojo, vaya a cada casa acompañado por su amigo Knecht Ruprecht para revisar el balance de lo positivo y lo negativo del año de los niños. Llevan un libro dorado en el que está anotado el nombre de los niños y lo que han hecho bien y mal durante el año. El balance del año se va leyendo, los niños buenos reciben regalos (pequeños) y los niños malos son castigados por Knecht Ruprecht que va vestido de color oscuro. Éste lleva un fuste o vara para pegarles (como los cabezudos en España), aunque los casos de niños malos no son frecuentes. 

Y como los niños alemanes y suizos ya reciben regalos por Nikolaus y más tarde por el universal Santa Claus el 24 de diciembre, los reyes magos se toman vacaciones en estos países para concentrarse en los niños españoles que los esperan con gran ansia, de algún modo tenían que conseguir repartir tantos regalos en una sola noche. Y qué mejor modo que dejarse algún país fuera del reparto. Y así, en Suiza, el día 6 de enero, no es festivo y la gente tiene que ir a trabajar. Además, en Suiza, a Nikolaus, se le llama Samichlaus.


Para más información sobre la historia de Nikolaus:

Crónicas de viaje II. Almuñécar y Frigiliana

Hoy miércoles antes de empezar nuestra ruta turística, mi novio va a una peluquería de la zona porque antes de salir de Suiza no le dio tiempo a cortarse el pelo y siente que ya lo lleva demasiado largo, yo sin embargo, se lo veo bien. Las peluqueras son españolas, pero una de ellas entiende y habla alemán lo necesario para tratar con las clientas. Utiliza términos que ni yo misma conozco, para que luego digan que los españoles no hablan otros idiomas. En la costa, quien trabaja de cara al público sabe inglés y quizás algo de alemán sin problemas, como pude comprobar al recoger el coche del alquiler o en el hotel. El corte le cuesta ocho euros, lo que le sorprende mucho porque en Constanza, Alemania, por cortar la misma cantidad de pelo pagaría 26 euros y en Suiza entre 45 y 50 francos suizos. 

Con su nuevo look y la cara salpicada de diminutos pelos que le han caído durante el proceso, nos vamos a Almuñécar. Cada vez que el GPS pronuncia la palabra Almuñécar no puedo dejar de reírme porque suena muy raro, evidentemente con un acento propio de una máquina. Aparcamos en el parking del mercado municipal y andamos hasta la oficina de turismo. Parece una ciudad tranquila y menos acosada por el turismo como Nerja. Cruzamos el parque de Majuelo. Es un parque con una gran variedad de plantas, sobre todo palmeras, a nuestro paso nos vamos encontrando con esculturas de piedra de formas variadas, también hay pequeñas casitas de artesanía donde se puede comprar o ver cómo se trabaja el cuero, la cerámica y otros materiales y también hay restos romanos. Es un parque que no es grande, pero lo tiene todo.

Una parte de la playa de Almuñécar

La oficina de turismo es un palacete del siglo XIX. Merece la pena entrar sólo para echar un vistazo a los techos y curiosear las habitaciones contiguas a la sala de información. El jardín también merece ser visto con su típica fuente en forma de estrella mudéjar y fósiles decorando el césped. Aunque los fósiles no son de la zona. Luego llegamos hasta la playa que está tranquila, sin apenas oleaje. Hay alguna barca reposando sobre las piedras, porque no es una playa de arena. Y nadie más. Sólo mi novio y yo bajo un sol espléndido caminando sobre los guijarros. Alguno está tan plano de la erosión que inmediatamente tienta a mi novio y lo lanza sobre esas tranquilas aguas. “Parece el lago Constanza en lugar del Mediterráneo” pienso yo. Subimos al Peñón del Santo desde el cual se erige una gran cruz. Las vistas desde aquí son espléndidas. Se ve la otra parte de la playa de Almuñécar y un horizonte azul donde las gaviotas de vez en cuando se sumergen en busca de peces.


Después subimos hasta el castillo y paseamos por sus estrechas calles. La mayoría de las casas son blancas con sus balcones de forja desde los que cuelgan todo tipo de plantas. Y así, cada calle, algunas con una anchura en la que sería imposible que pasase un coche, parece que compite por su decoración vegetal y para el paseante resulta ser una sorpresa agradable y un descubrimiento en cada paso de jardines secretos que surgen de la nada.

Más tarde, nos tomamos algo en la terraza de un bar que a simple vista parece español, pero es regentado por una pareja sueca. Parece ser que en Almuñécar la población de extranjeros predominante es la sueca, como muestran carteles en las tiendas o algunas de las personas que están sentadas a nuestro alrededor. Como tapa gratis nos sacan gambas cocidas. Y a pesar de que ya las ha comido alguna vez, quizás por navidad en casa de mis padres, enseño a mi novio la forma más rápida y fácil de pelarlas. Eso sí, el acabar con los dedos limpios y sin olor a gamba no está garantizado. ¡Y qué a gusto se está tomando algo bajo el sol español!

Tras cargar energías nos ponemos en busca de la casa de la cultura, donde hay un museo sobre la zona. Después de perdernos por algunas calles y descubrir naranjos repletos de fruta o tiendas con cosas curiosas en los escaparates, por fin conseguimos encontrarla y está cerrada. Resulta que Almuñécar es muy tradicional en este sentido, tanto tiempo viviendo fuera de España y ya se me había olvidado lo más importante, la siesta. Así, de dos a cinco de la tarde está todo cerrado. Todo excepto el acuario. Y allí vamos.



Quién ha visitado el de Valencia, no se va a dejar impresionar por el acuario de Almuñécar. No obstante y partiendo de la base que es más pequeño que el valenciano, tiene su encanto. Además mi novio y yo estamos solos, en cuanto a humanos se refiere. Y como no tenemos prisa nos dedicamos a leer las explicaciones de la creación de los océanos y el mar Mediterráneo que con letra grande van decorando las paredes. “Las especies marinas prehistóricas debieron de ser increíbles y monstruosas a la vez” pienso mientras voy leyendo cómo de organismos unicelulares con los muchos millones de años se pasó a los grandes cetáceos. Los peces manta nos saludan salpicando con las aletas la superficie de su tanque cuando pasamos a su lado. Y un empleado que revisa un acuario me dice que son muy curiosas. También vemos a Nemo y a Doris. Y no sé si es desde que la película hizo tan famosos a estos dos peces, pero ahora se pueden encontrar en los acuarios de todas las ciudades a estos dos simpáticos animales siempre juntos en el mismo tanque. Quizás para que los niños digan a sus padres “¡mira, papá, Nemo!”

Por supuesto, en un acuario no pueden faltar la morenas con su cara de malas amigas, tortugas y los tiburones nadando tan despacio y con la boca ligeramente abierta para que sepas a lo que te enfrentas si te encuentras con ellos. Y luego están los peces bulto, esos que ningún visitante se acuerda de qué tipo de peces son, que nadan juntos formando una gran masa. Y como frente a algún tanque hay un banco para sentarse, me quedo observando sus lentos movimientos, es como ver la televisión o el crepitar de un fuego, igual de hipnotizador. Entonces me sumerjo en mis pensamientos y llego a la conclusión de que en mi vida anterior debí de ser un pez, por todas las veces que me quedo embobada con la boca abierta ante algo y mi hermana me tiene que recordar que la cierre.

Tras la incursión en el mundo marino cogemos el coche y nos vamos a Frigiliana antes de que anochezca. Frigiliana está en la montaña. Y es conocida por sus casitas blancas y sus calles empedradas formando mosaicos. Las calles que bajan del castillo de Almuñécar podrían ser un anticipo de lo que uno se va a encontrar en todo el pueblo de Frigiliana. Aquí, está todo coordinado al mínimo detalle. Los contadores o paneles eléctricos de las casas en el exterior de la fachada, son una ventanita de madera. Todo es del mismo blanco inmaculado igual que un lienzo que espera ser pintado. Y aunque la mayor parte del pueblo es cuesta arriba, se pueden ir haciendo descansos para admirar los paraísos verdes que van surgiendo, esos jardines ocultos que se van abriendo paso. En definitiva, Frigiliana, esa mancha blanca que se recoge en la verde montaña y guarda en su interior pequeñas sorpresas.



Lamentablemente, las fotos que hicimos, como ya no había luz, no hacen justicia de la belleza y el encanto de sus calles.

Crónicas de viaje

El lunes 07 de noviembre sale nuestro avión de Zúrich a las nueve de la mañana con rumbo a Málaga, la costa del sol. Durante el trayecto sobre volamos Zaragoza. Hay una capa de nubes impenetrable como una gran alfombra blanca que no me deja ver lo que hay debajo. Pero yo sé que pasamos por encima de la ciudad que me vio nacer. Una ciudad que se mueve y vibra un lunes por la mañana ajena a lo que pasa por encima de ella. Mientras tanto, yo me imagino a cada uno de los miembros de mi familia allí abajo, del tamaño de hormiguitas haciendo sus tareas diarias.

Llegamos a Málaga sobre las doce y cuarto. Las nubes se han quedado atrás en Sierra Nevada y luce el sol implacable haciendo honor al nombre de la zona. Cogemos el coche de alquiler que teníamos reservado y nos adentramos en la autovía del Mediterráneo. Nuestro hotel está en Torrox costa. Al llegar oigo hablar alemán. Nos damos un paseo por la playa y nos cruzamos con una gran mayoría de germano parlantes. Incluso las matrículas de los coches y los carteles de tiendas y bares están en alemán. Me siento extranjera en mi propio país y la ilusión que tenía de volver a inundarme del idioma español queda frustrada de primeras porque el idioma predominante, al menos en esta zona de costa, es el alemán.

No obstante, el paseo es de lo más agradable. Parece increíble que estemos en noviembre. En el hotel nos habíamos cambiado de ropa, del otoño a la primavera, de la camiseta de manga larga y la chaqueta, a la camiseta de manga corta y el pantalón corto.  No me extraña que la tercera edad centroeuropea esté aquí reunida. Hay algunos valientes que incluso se bañan en el mar y yo le digo a mi novio que deben de ser noruegos porque si para los alemanes esta temperatura es como la primavera, para los noruegos debe de ser verano. Más tarde, acudimos a la cena del hotel, tenemos media pensión y ante nuestros ojos se abre un variado buffet libre. Por supuesto, en estos casos hay que probarlo todo, pero sobre todo la paella, que tanto echo de menos en Suiza, el gazpacho tan típico andaluz y las olivas de distintas clases y colores. Ahora sí que parezco extranjera atiborrándome de comida española como el resto de comensales del salón. Antes de acostarnos veo la primera parte del debate entre Rajoy y Rubalcaba, a la segunda parte ya me duermo, al fin y al cabo nos hemos levantado a las seis de la mañana y nos queda mucha semana de turismo por delante.


Al día siguiente, martes 08, nos vamos a pasar el día a Nerja. Aparcamos en el parking de la plaza España, esa plaza que se encuentra en todas las ciudades españolas, y casi por casualidad llegamos hasta información y turismo donde me pongo a recoger folletos como loca, una afición heredada de mi madre. Nos dan un mapa y nos informan de que en Nerja se rodó la mítica serie de “Verano Azul”, algo que yo no sabía en absoluto. Y así emprendemos nuestra visita al pueblo con sus principales puntos de interés haciendo referencia a la serie. A partir de ese momento no puedo quitarme de la cabeza y de tararear la musiquilla de la famosa serie. Y para que mi novio, que es alemán, no piense que me ha dado algo, le explico de qué va y le hablo un poco de los personajes.

Vemos entre muchas otras cosas, el parque de verano azul, dedicado a la serie y a sus actores, donde se encuentra el barco de chanquete. Luego llegamos al “balcón de Europa” un mirador donde se puede contemplar el mar y la costa de Nerja. Nos adentramos por la calles estrechas de casas blancas y adoquines para encontrar el bar que salía en la serie. Intento rememorar mentalmente alguna escena y me doy cuenta de que necesito ver la serie otra vez. Hacemos una pausa en este recordatorio televisivo de los años ochenta para tomar algo en un bar de tapas. Nos sentamos en la terraza. Hoy me he puesto crema para el sol en la cara, las gafas de sol han sido necesarias hasta ahora y la frase que no paramos de repetir es “no parece que sea noviembre”.


Pedimos algo de beber e inmediatamente con la bebida nos sirven una tapa gratis como en Madrid, tal y como pude comprobar hace algún tiempo. Lo que lamentablemente no es típico en Zaragoza. Una vez más, me asombra la diversidad cultural de este país y me siento orgullosa de poder formar parte de ella. La tapa que nos sacan son dos mini bocadillos de chorizo frito que está buenísimo. Después nos compramos un helado y seguimos caminando por las calles de Nerja, descubriendo a nuestro paso playas recogidas, casi secretas. Pasamos cerca del parador y le intento explicar a mi novio qué es un parador, aunque creo que no se lo dejo muy claro pues ni yo misma sé qué diferencia hay entre un parador y un hotel. Seguimos andando y andando hasta que llegamos a playa Burriana, la playa principal de la serie. Una playa larga y preciosa con algún chiringuito y grupos de jóvenes, que acaban de salir del instituto, jugando a volley playa.


Volvemos andando hasta el parking y nos vamos a las cuevas de Nerja que están a pocos minutos del pueblo. Las cuevas que fueron descubiertas en 1959 por tres jóvenes del pueblo que cazaban murciélagos, recoge increíbles estalactitas y pinturas rupestres, aunque estas últimas no son visibles al público. La amplitud de la cueva mayor y todas las formaciones geológicas le dejan a uno sin habla y mejor, no se vaya a caer alguna estalactita, pues las hay de grosores considerables. Algunas partes del techo se asemejan al fondo del mar plagado de corales. 

Ya de vuelta, llegamos al hotel a tiempo para el comienzo de la cena.“It’s ten to eight and we’re already going to bed” (son las ocho menos diez y ya nos estamos yendo a la cama) “there must be something wrong with us” (algo nos pasa) me dice mi novio más tarde mientras me lavo los dientes. “Se nos ha contagiado el ritmo de la tercera edad” pienso yo. Luego le descubro tumbado en la cama, pero sólo debajo de la colcha. Por segunda vez se le ha olvidado que en el sistema de camas español también hay una sábana.

Vacaciones en el sol

Domingo, 06.11.2011

Esta semana ha estado en su mayoría cubierta por la niebla. En total, a lo mejor hemos podido ver el sol directo dos horas. Había más luz dentro de casa que fuera en la calle donde todo era gris, daba igual que fueran las diez de la mañana como las cuatro de la tarde, el cielo tenía el mismo aspecto: carente de luz, de color, sin vida.

Pero a todo, incluso a la niebla, se le puede sacar provecho, pues al igual que las polillas revolotean y se apiñan junto a la única luz que brilla en la oscuridad de la noche, así estaba el centro comercial, a rebosar de polillas, quiero decir, de gente. Porque de forma inconsciente cuando todo a tu alrededor es gris, uno busca el color y la luz donde sea. Y la forma más rápida y fácil de conseguirlo es yéndose a ver tiendas, escaparates cuidadosamente iluminados, librerías que te invitan a entrar con sus estantes repletos de libros nuevos con brillantes cubiertas, tiendas de decoración, por supuesto ya con lo de navidad, con parpadeantes bolitas para el árbol que te echan un guiño con un destello cuando pasas a su lado. Sí, eso anima el espíritu y la vista que ya se había acostumbrado a una pantalla gris. Y aunque sólo vayas a mirar, al final, siempre acabas comprando algo por muy insignificante que sea, como mi último marca páginas.

Y para combatir el comienzo de la época de nieblas en la zona y recargar vitaminas lumínicas nos vamos de vacaciones al sol. Como buen alemán o suizo que se precie nos vamos de vacaciones a España. Cuando uno vive en el corazón de Europa entiende por qué España es uno de los destinos favoritos de los turistas, entre muchas otras cosas, por su sol redondo y brillante como las naranjas de Valencia y por esa media hora de luz más que se puede disfrutar del día. Y antes de irme quisiera recordaros que hay que ir preparando las plantas del balcón o del jardín para el invierno.
Yo voy mirando la previsión del tiempo para ver cuándo va a empezar a helar para estar preparada. Si se tienen macetas pequeñas, se puede poner un pequeño invernadero para tenerlas todas en el mismo sitio. En tiendas de jardinería venden invernaderos de distintos tamaños para montar en casa. Pero si no quieres gastarte dinero, en la red hay videos como éste (en inglés):
http://www.youtube.com/watch?v=IS45KA1k8kg de cómo hacer un invernadero con botellas de plástico recicladas. No parece muy difícil, cuando tenga más tiempo, espacio y suficientes botellas, lo intentaré. Sin embargo, si te pasa como a mí, que no tienes mucho tiempo y tienes que recurrir a cosas que haya por casa, te propongo que simplemente uses lo siguiente: cartones, plástico y todo lo que sea material de embalar.

Invernadero rápido:
Se cogen un par de cajas de cartón. Se abren para pegarlas la una con la otra y formar así el contorno de lo que sería una gran caja. Se recorta un poco por delante y se pega con cinta aislante un plástico que haga de techo y baje por delante. Describirlo suena un poco complicado. En realidad, se haga como se haga se puede conseguir un buen lugar para nuestras plantas, pues el cartón es buen aislante, siempre y cuando no se moje con la lluvia. Para las macetas redondas y más grandes compré un material especial que vendían en “Aldi”, el supermercado preferido por los alemanes,  pero el mismo plástico de burbujas de embalar sirve para proteger nuestras plantas del frío.

A simple vista parece un poco cutre, pero he de decir que funciona. Además, sirve de cobijo para insectos como las mariquitas. Aquí en Suiza, como siempre vamos adelantados, en cuanto a frío se refiere, ya abrigué mis macetas hace unas semanas y están bastante bien, el geranio de flores rojas sigue floreciendo y tiene las hojas más verdes y sanas que nunca. Así que, ha reciclar cartón y prepararse para la bajada de temperaturas.


Sorpresa en la lavadora.

Domingo, 30.10.11

Vivimos en un bloque de seis pisos. Es un edificio antiguo, pero reformado por dentro. Estamos de alquiler, el bloque entero lo alquila una empresa. Esto es muy normal en Suiza. La mayoría de los bloques de pisos de nuestra zona son de alquiler y tienen un aspecto muy parecido por fuera. Otra peculiaridad que tienen los pisos de alquiler en Suiza es que tienen en el sótano un cuarto para lavar la ropa y tender. A parte del trastero correspondiente para cada piso y un búnker con su sistema de ventilación y sus puertas blindadas que todavía queda en algunos bloques y que no es mi caso, también hay un cuarto medio oscuro y húmedo, para hacer la colada. Y sí, la lavadora y la secadora que allí viven se comparten entre todos los vecinos, dando lugar a peculiares sucesos.  

“¿Y no tenéis lavadora propia en el piso?” me preguntaréis asombrados- pues no, os contestaría yo. Además, no cabría en la cocina. Así que, cuando hay que lavar la ropa, vamos escaleras arriba y escaleras abajo aireando la cesta y la ropa sucia por todo el rellano. Alguna vez he perdido un calcetín en el trayecto de bajada y lo he vuelto a encontrar al subir de nuevo a casa. Y hablando de calcetines perdidos, aquí los casos sin resolver son más numerosos que en un piso español cualquiera. Pues pueden quedarse pegados al tambor de la lavadora o escondidos en la secadora y aparecerle al siguiente en su colada. Así, de vez en cuando, yace un calcetín abandonado sobre la mesa en la que dejamos el jabón para lavar, que por su puesto cada uno tiene el suyo.  

Hay jabones y suavizantes de los más diversos y se puede jugar a adivinar de quién es cada uno. Por ejemplo, el paquete grande puede ser de los vecinos de arriba con los dos niños, el jabón ecológico en pro del medio ambiente podría ser de la vecina de abajo que alguna vez se ha puesto a hacer yoga en la terraza y como última predicción el que es un envase pequeño con una marca cualquiera y desconocida y no tiene bote de suavizante al lado, podría ser de nuestro vecino de enfrente, soltero y sin compromisos. Luego, siempre queda la duda de si alguno se equivoca y usa tu jabón en lugar del suyo, pero nuestros vecinos suelen tener cuidado en este sentido. 

En la mayoría de los pisos suele haber un plan de lavado para determinar qué día de la semana le toca lavar a quién, por suerte, nosotros no lo tenemos y el primero que llega tiene prioridad, como en las rotondas. Eso sí, no sé si es por ahorrar energía, pero de 11:00 a 12:00 de la mañana se corta la electricidad y no funciona la lavadora, la secadora o el lavavajillas que tenemos en la cocina, un lujo que conseguimos negociar con la empresa de alquiler después de llevar un año viviendo y fregando a mano. Después, hay lo típicos inconvenientes de compartir herramientas de lavado: que si quedan restos de jabón del vecino anterior en el cajón y hay que limpiarlo antes, que si el filtro tiene una maraña de pelos o que si una ex vecina se deja la toallita de limpiar las gafas de color rojo y tu pones una lavadora de blanco…Todavía tengo manchas rojas en las sábanas y pasó hace unos años. 

Pero, a pesar de estos pequeños incidentes, puedes encontrarte cosas interesantes dentro de la lavadora, pues yo antes de meter la ropa le doy un par de vueltas al tambor para ver que no haya quedado nada del lavado anterior y evitar accidentes como el ya mencionado. Y esta semana me he encontrado una moneda. Desgraciadamente no se trata de una moneda que se pueda englobar dentro del término dinero, sino que se debe tratar de una moneda de parking o algo así. Aquí os dejo un par de fotos para que juzguéis vosotros mismos de qué se trata. A ver qué sorpresa me depara en la lavadora la semana que viene.



Bautizo multilingüe

Domingo, 23.10.11

En Alemania bautizar a los recién nacidos es algo común, como en muchos otros países, sin embargo, aquí la importancia es tal que hasta parejas que no se han casado por la iglesia porque no comparten creencias religiosas, bautizan a sus hijos, como si quisieran darle una oportunidad a su descendencia para poder introducirse más tarde en el mundo católico, que es el que he podido observar. Pues, en este país las religiones son de lo más variadas, y uno puede estar invitado a una boda tanto católica como protestante.
Pero siguiendo con el tema de los bautizos, ayer estuve en el de la hija del hermano de mi novio. Se celebró en Suiza, Zúrich, en una iglesia católica dirigida por curas de habla inglesa de distintas nacionalidades. El que ofició ayer la ceremonia era de Kenia.
En el bautizo sólo estábamos familiares y algún amigo de la pareja. El hermano de mi novio está casado con una italiana. Así que, una línea de bancos estaba ocupada por los padres de ella, su hermano y algún tío y tía, hablando en italiano; en la fila de detrás estaba la familia de él hablando alemán, conmigo en medio oyendo italiano por delante, compartiendo comentarios en alemán con la persona que tenía al lado y pensando en español que las fotos no me estaban saliendo muy allá por la falta de luz, pero que el mural del fondo de la iglesia era precioso; y finalmente, alguna fila más atrás estaban los amigos de la pareja con sus hijos: algunos hablando italiano, otros inglés y algún que otro suizo.
La ceremonia en su totalidad fue en inglés, de la que yo creo que pocos pudieron seguirla, pues estoy segura que ni los padres de ella, ni los padres de él entendieron una sola palabra. Incluso el folleto de la misa era en inglés. Yo sonreía en mi interior pensando, qué mezcla lingüística es esta tan divertida, y a la vez era de las pocas que me reía con los comentarios humorísticos del cura, que hizo la misa muy entretenida. Mientras tanto, los niños corrían entre los bancos, alguno incluso subió las escaleras del altar y sea cual fuere su lengua materna, todos hacían lo mismo, chillar y corretear, claro que, se podían enterar de la ceremonia mucho menos que los adultos.
La bautizada se quedó dormida a los pocos minutos de empezar con el ritual y ya sólo volvió a abrir los ojos cuando hubo terminado y era el momento de hacer fotos. Mi novio, era el padrino y como tal una de sus tareas fue encender la vela en honor de la niña bautizada. Esto sí que parece ser típico de Alemania. Para el bautizo se encarga decorar una vela con el nombre del bautizado que se enciende en la ceremonia, de una de las grandes velas próximas al altar, y se mantiene encendida hasta el final de la misa.
Ya al final, se rezó un padre nuestro en inglés y los únicos que lo recitaban eran el cura y los padres de la pequeña, que tampoco debía saber de qué iba la cosa, pero que muy pronto comenzará a decir sus primeras palabras y ¿cómo serán, en italiano, en alemán quizás, suizo, o en inglés?

Alemania, Suiza y yo; española.

Jueves, 29.09.2011

La navidad sube puestos.

Hoy por la mañana ya había niebla, la típica niebla de Constanza en otoño. Porque ya estamos en otoño, aunque algunas tiendas quieran saltar de estación y colocarse directamente en la navidad, pues ya han empezado a cambiar los estantes y a colocar los adornos de navidad. ¿Cómo se puede vender decoración navideña o dulces típicos de estas fiestas ya en septiembre? Cuando acaba de empezar el colegio, aún no se han terminado de caer las hojas de los árboles, todavía hay días calurosos para ir de manga corta y queda un mes para Halloween, que tendría que ser lo próximo en los escaparates. Pues no, los comerciantes van más allá y como saben que nos gusta mucho la navidad quieren que la disfrutemos por más tiempo, aunque también existe la posibilidad de ganar más kilos al poder comprarse ya ese chocolate y esos dulces que sólo aparecen para estas fechas. De todas formas, desde que hace unos años vi que la lotería de navidad ya se comenzaba a vender en verano en los meses de julio, agosto, saltos de estaciones como este no me sorprenden ya tanto.


Lunes, 03.10.2011
Fin de semana en la Oktoberfest. 

El sábado a eso de las ocho de la tarde, porque aquí estas cosas empiezan antes y acaban antes que en España, mi novio y yo nos fuimos con unos amigos que vinieron a pasar el fin de semana a ver la Oktoberfest en Constanza, Alemania.

Es un recinto ferial con dos carpas y para entrar en las carpas tienes que comprar un pin  que cuesta cuatro euros sin derecho a bebida. Era ya de noche y la niebla se había vuelto espesa dándole al lugar un tinte algo misterioso. Los cuatro seguidos por mí entramos en una de las carpas pensando que nos colábamos porque había un grupo numeroso de gente en la entrada fumando, está prohibido fumar dentro de la carpa. El lugar estaba a rebosar y pronto tuvimos que empezar a quitarnos cazadoras, chaquetas y jerséis. La mayoría de la gente, tanto joven como gente más adulta vestía el traje típico. Los hombres pantalones de cuero con tirantes, botas de montaña y camisas de cuadros. Y las mujeres lo que se llama “Dirndl” un vestido de colores alegres con un generoso escote. No vi dos iguales en toda la carpa, cada Dirndl era único, de colores verdes, rojos, rosas, azules… con estampados florales (especialmente con la flor de la edelweiss) a cuadros, combinaciones de colores estridentes, otras más discretas y algunos realmente preciosos que debían haber costado bastante. El vestido en sí es sin mangas y debajo llevan una camisa blanca de manga corta, y sobre el vestido y jugando con los colores, un delantal. Y creo que también es típico llevar el pelo recogido con trenzas.  

Lo primero que hicimos fue ir a comprar una jarra de cerveza. En el medio de la carpa estaban dispuestas mesas de madera con sus respectivos bancos, no había un solo sitio libre, al fondo el escenario con la orquesta, una pantalla colgaba del medio del techo para ver mejor a los músicos y a los lados de la carpa estaban los puestos de bebida y comida. De vez en cuando te cruzabas un camarero cargado de jarras o con una bandeja de madera llevando platos con carne y comida típica. Las jarras de cerveza, que era lo que la mayoría bebía, eran de un litro. Ya las había visto otras veces, pero un litro de cerveza como si de un vaso de agua se tratase, siempre sorprende. Es más, creo que en una tarde la gente bebía más cerveza que agua en un día entero. Porque lo normal no es beberse sólo una, sino varias, además a algunos no les dura una jarra llena ni quince minutos. ¡La gente debe venir con mucha sed a la Oktoberfest! Con excepción de una conocida que nos encontramos que me dijo que llevaba dos horas con la misma jarra de cerveza.

A mí la cerveza no me emociona demasiado como para beber un litro y me compré una Pepsi. Más tarde tuve que sujetar la jarra de mi novio porque se iba al baño, que por cierto estaban bastante limpios, sólo estaba llena por la mitad y el poco rato que tuve que sostenerla, con las dos manos por supuesto, fue suficiente para que me doliera luego la mano. Es increíble, pero esto forma parte del ambiente y bebas o no bebas te contagias de la atmósfera, de la alegría y bailas al son de la música.  

La banda estaba compuesta por una mayoría de trompetas y saxofones y cuando tocaban la gente que estaba sentada en los bancos se subía en ellos con sus jarras de cerveza y bailaban. Yo le pregunté a mi novio “¿y no se ha caído alguien alguna vez?” porque entre la estabilidad de aquellos bancos de madera y el equilibrio que se puede mantener con alguna que otra cerveza, puede pasar de todo. Sin embargo no vimos ninguna desgracia de este tipo.

Bailamos, cantaron, porque yo no conocía las letras e incluso seguimos alguna que otra coreografía con un video proyectado en la pantalla. Parecía una convención de granjeros que celebran la cosecha de la cebada, quizás sea ese el trasfondo histórico de la Oktoberfest. Y entonces todos a una levantando las jarras de cerveza, haciendo chocar el cristal, y gritando “Prost”.



Miércoles, 12.10.2011
Fiestas del Pilar 2011.

Hoy es el día del Pilar en Zaragoza. Felicidades a todas las Pilares, hoy es vuestro día. Aquí en Suiza hace fresco, aire y está parcialmente nuboso como diría el del tiempo. Bueno, algo más que parcialmente porque no se ven los rayos de sol, al contrario del maravilloso y soleado día que aparece por la webcam del ayuntamiento de Zaragoza. Ya puedo imaginarme a todos los baturricos y baturricas alegres, contentos y deslumbrantes caminando por las calles del centro rumbo hacia el Pilar, hacia esa virgen que a estas horas, las 13h, ya está casi repleta de flores. Y si cierro los ojos, puedo ver los bares del Tubo repletos de conversaciones, risas y algarabía. Puedo incluso sentir el olor de los calamares, el queso, las tapas de diseño, el olor de las alpargatas de cáñamo pisando el asfalto y de ese breve cierzo que barre las nubes para que el día sea espléndido. Y si me concentro un poco más puedo hasta sentir la fina tela de los mantones con sus flecos colgando. El aire impregnado del aroma de las flores y el sonido de las castañuelas nos envuelve y nos recuerda que son las fiestas del Pilar. Vuelvo a abrir los ojos y me encuentro con el mismo paisaje de antes, frío, oscuro para la hora del día, vacío, silencioso.

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