Queriendo alcanzar lo inalcanzable: el tiempo

El lunes, de ocho y media de la mañana a seis de la tarde curso de bibliotecas. El tren hay que cogerlo a las siete. Las clases muy interesantes y prácticas no resultan difíciles de seguir al ser en “Hochdeutsch” (alemán estándar). En la hora de la comida tengo que hacer esfuerzos de concentración extra porque mis compañeras hablan suizo. Y lo mejor es sonreír y seguir comiendo cuando de repente han cambiado de tema y yo aún estaba intentando entender el punto de discusión del tema anterior. 

El martes se repite el programa. Las clases requieren mucho trabajo en parejas, en grupo, exposiciones, lluvia de ideas y de repente, la profesora se da cuenta de que ahora es alumna y tanto ir y venir con un resumen de esto, ideas sobre este tema o comentar lo otro en grupo, no le entusiasma demasiado. La profesora a la que me refiero soy yo. Y los martes después de recibir una pequeña dosis de mi propia medicina, de siete y media a nueve doy clases de español.

El miércoles hay que cocinar algo por la mañana. Se revisa la clase de la tarde y después de comer coger el tren. Ver el paisaje, se cierran los ojos, la siesta se hace en el trayecto de media hora hacia el pueblo siguiente donde está la biblioteca. De dos a cinco, prácticas en la biblioteca: prestar libros, catalogar Cd, repartir libros devueltos por los estantes y tras varios viajes de aquí a allá, de la sección infantil a la adulta, me doy cuenta que he repartido mal las dos últimas tandas. Se intenta subsanar el error. ¡vaya, ya no me acuerdo qué libros eran! Vuelta a coger el tren, un zorro cruza un campo nevado. Llegar a casa, coger los libros y el aparato de música portátil. Coger otra vez el tren e ir a dar clase de español hasta las ocho.

El jueves por la mañana hay que preparar las clases de la semana siguiente y corregir algún ejercicio del día anterior. Al entrar en el baño la cesta de la ropa sucia no sé si me ruge o me suplica que ponga una lavadora. ¿Me dará tiempo antes de que se corte la electricidad de la máquina a las once y que haga un programa completo de lavado? Se intenta, no hay alternativa, el cajón de la ropa interior está bajo mínimos. Bajar al sótano con la cesta llena. Y ¡uy! el vecino de arriba ha sido más rápido y ya la ha puesto. Dejar lo de la lavadora para otro momento, quizás otro día. Ir rápidamente a comprar. Cocinar algo. Comer viendo el canal español internacional. Recoger la cocina y poner el lavavajillas antes de que se amontonen los platos en la fregadera, como suele ocurrir después de cenar. Cambiarme, coger los libros y el aparato de música portátil y a la estación. Clase de español hasta las ocho.

El viernes en teoría libre. Corregir los ejercicios de la tarde anterior. Terminar de preparar las clases de la semana siguiente. Mandar a los alumnos el PowerPoint de clase, porque no hay pizarra y todo gira en torno al ordenador. Ver los emails mandados y darme cuenta de que no les he mandado el de la semana anterior. La mesa está a rebosar de libros y papeles. Comer alguna sobra de la semana. ¡Qué suerte, ha salido el sol! Dar un paseo antes de convertirme en Drácula al tener ya la piel blanca y los ojos rojizos de la pantalla del ordenador. Volver, terminar de preparar el examen de español para la semana siguiente. Descubro por casualidad una función nueva de Word. Llega mi novio de trabajar. Cenamos y el sofá nos engulle.

El fin de semana por fin ha llegado, pero hay que combatir un ejército de pelusas que ha ido conquistando el piso poco a poco tras colocarse en lugares estratégicos: esquinas, pasillo, detrás de las puertas y debajo de los muebles. El lavabo del baño está atascado y la cesta de la ropa me recuerda que dejé la lavadora pendiente, ahora habrá que poner por los menos dos. ¿He regado las plantas esta semana? El papel para reciclar se acumula en la cocina y hay que bajar la basura.

Y así, semana tras semana, sigue la carrera de la vida, sin llegar nunca a alcanzarle.


Cuando el río no suena…

… es porque está congelado.

El domingo 12, tras un par de semanas a menos diez grados y con máximas que nunca llegaban a los cero grados, decidimos ir a ver cómo estaba la parte del lago Constanza por la zona de la isla Reichenau. Había salido el sol, no hacía demasiado viento y los menos cinco grados no se sentían tan fríos si te movías. En Reichenau, el lago hace un recodo donde sólo cubre medio metro y con temperaturas tan bajas por varios días se congela fácilmente.

Queríamos ir a dar un paseo, ver cómo estaba la zona. Y lo mismo que nosotros debió de pensar toda la población de Constanza, pues la zona de parking estaba a rebosar. ¿Y qué tiene de especial ver un lago congelado? Os preguntaréis. Pues que se puede patinar sobre él. Excepto nosotros, que ya estoy empezando a pensarlo para otro año, no debe haber un solo habitante de la zona sin patines de cuchilla. Aquí patinaba todo el mundo, niños, adultos, incluso perros que sin tener que llevar patines se deslizaban por el hielo con las cuatro patas a distintos ritmos cada una. 

Y los que eran demasiado pequeños para patinar, estaban empaquetados en monos de nieve y eran arrastrados en un trineo. Algunos echaban un partido de hockey con sus amigos. Y a lo lejos, se veía una vela surcando el hielo. Debía de ser algo así como un patín-vela. Si tenías ganas de andar o patinar sin descanso, podías cruzarte el lago de una orilla a otra, lo que te podía costar alrededor de una hora. Y si necesitabas entrar en calor y descansar un poco para eso estaban los puestos de comida y bebida recién instalados sobre el hielo y con bancos y mesas para sentarse. Es que cuando los alemanes coinciden en una actividad, se preparan y organizan bastante bien. Así, nos tomamos un Glühwein, un vino caliente. También había ponche caliente sin alcohol, vendían salchichas y gofres espolvoreados con azúcar glas para no desentonar con el paisaje.


Y a pesar de la gélida temperatura te podías pasar un bonito día de domingo deslizándote por el hielo.

Aunque ahora ya hemos pasado los cero grados y el hielo empieza a romperse, aquí podéis ver cómo estaban las cataras del Rin. Como decían en el periódico estaban de cuento de hadas.

En este otro enlace podéis ver un vídeo de otro lago congelado en Suiza para haceros una idea de las actividades que se realizan cuando hace tanto frío.

Y para ver más fotos de la ola de Siberia a su paso por Suiza, sólo tenéis que pinchar aquí.

¡Qué disfrutéis de unas imágenes escalofriantes!