Mis cosas


Hace unos días andaba por la calle y un coche que iba en dirección contraria paró a mi lado y bajó la ventanilla. Pensé que como en muchas otras ocasiones preguntarían por una calle, una dirección, algo. Cuál fue mi sorpresa cuando el conductor, parando en mitad de una calle estrecha con la posibilidad de obstaculizar el tráfico, me indicó que se me había caído el pañuelo de cuello unos metros atrás. Quedé tan perpleja que casi no me dio tiempo de darle las gracias. Y al darme la vuelta, allí estaba, caído en la acera, a punto de ser perdido, mi pañuelo de cuello favorito que había colgado del brazo junto a la cazadora porque hacía un calor inesperado.

Tras recuperarlo, lo agarré con fuerza, aunque me sudara la mano, para no soltarlo hasta que no estuve en casa. Y es que perder cosas me sabe a cuernos quemados (expresión curiosa). Quizás porque tengo mucho apego a las cosas materiales, a mis cosas. No me gusta ir de compras especialmente, generalmente compro cuando de verdad lo necesito. Y luego les tengo un apego inusual a mis enseres. Cuánto más tiempo lleva algo conmigo, más unida me siento a ello. Soy además una persona cuidadosa. Por lo que, si pierdo algo, me acuerdo el resto de mi vida de cuándo y dónde lo perdí. Y si además era un regalo de un ser querido, la pérdida se vuelve más dolorosa.
 
De este modo, quedé profundamente agradecida al hombre que se le ocurrió parar en medio de la calle para avisarme de mi descuido, en una semana, que desgraciadamente había perdido una luz trasera de la bici, de esas que se ponen y quitan, y el carnet de la biblioteca no aparecía por ningún sitio. Por suerte, la semana no llegó a más y el pañuelo sigue conmigo.

La música amansa las fieras y despierta el alma


Mi hermano está de visita y a la hora de comer deja el ordenador enchufado haciendo sonar la retahíla de canciones que tiene en el iTunes. Igual que cuando íbamos al instituto y al volver a casa nos sentábamos todos a comer: mi padre (que es profesor), mi hermana, mi madre (dependiendo del turno de trabajo), él y yo. La hora de la comida debía ser amenizada y presentada por música. Y no puedo decir que cada día fuese un CD distinto porque las canciones que más le gustaban se repetían una y otra vez, como una famosa canción de Enrique Iglesias o el álbum entero de Laura Pausini. Éste último creo que lo teníamos en cinta de casete porque hasta en los trayectos en coche había que escucharlo. Nos sabíamos la letra de memoria aunque no entendiéramos algunas palabras porque al estar traducidas del italiano, en la versión española, las traducciones se acoplaban más al ritmo de la melodía que al significado entero de la canción. El caso es que la música alegraba a mi hermano y esa alegría quería transmitirla a los demás con los altavoces a todo volumen. ¡Qué pensarían los vecinos a las tres de la tarde!

Hoy a la hora de comer, las 13:30 porque estamos en Suiza, la música no estaba alta, era más bien un susurro que venía de lejos dejando entrever una melodía. Pero en un momento inesperado entre bocado y bocado dice mi hermano – ¡esta es buena!- se refiere a la canción que está sonando. Yo dejo el tenedor apoyado en el plato y escucho. Entonces me doy cuenta de que ha comenzado a cantar Ronan Keating con la canción que se hizo tan famosa por la película Notting Hill. Sin embargo, no es por la película por lo que lo dice mi hermano sino por lo siguiente:

- ¿Te acuerdas de cuándo estábamos en Inglaterra? – digo tras la pausa.

El sonríe y responde. Casi siempre recordamos las mismas peripecias de aquel verano.

- Sí, el día que quedamos en Londres y estuvimos en Trafalgar Square. Después de darles de comer a las palomas y pedirle que nos hiciera una foto repletos de pájaros te dije que no le gustaban los bichos…- Los dos nos echamos a reír al volver a recordar uno de los muchos episodios anecdóticos de la primera vez que nos fuimos un mes fuera de España, a familias de acogida en Inglaterra para practicar inglés.

- ¡Cómo nos reíamos en el museo británico contándonos cosas de nuestras respectivas familias! ... Yo cumplí allí los dieciocho- prosigo.

- Entonces yo tenía quince, para cumplir dieciséis.- añade él.

La canción de Ronan Keating la compramos aquel día u otro en el que nos volvimos a encontrar en Londres. Y claro, al volver a España aquel fue el CD estrella de las comidas por una larga temporada, aunque nuestro inglés aquellos años no fuera lo suficientemente bueno como para entender la canción.

Y así con Ronan Keating sonando de fondo seguimos compartiendo recuerdos. Recuerdos que suelen ser siempre los mismos y que si no se comparten se van perdiendo en la lejanía de la memoria. Y al terminar la canción viene otra distinta que hacer volar nuestra mente e imaginación.

 

Unos días en la playa

La playa, ese lugar donde uno va simplemente a no hacer nada, a dejarse dorar por el sol mientras el sonido de las olas mecen el oído. Es de los pocos lugares públicos, a parte de la biblioteca, en el que uno puede leer y dejarse llevar por las miles de historias que cuentan los libros de bolsillo, que al final acaban doblados, con rastros de humedad y arena entre sus páginas. Aunque si el libro no engancha, es posible distraerse fácilmente: con el infinito azul del mar y sus reflejos plateados por la mañana y dorados por la tarde, con la conversación de la sombrilla de al lado o con el cuerpo Danone que justo pasa caminando por la orilla.


Sin embargo, antes de sumergirse entre las páginas de un libro, hay que instalarse, buscar el mejor sitio, y llegues pronto o ya al mediodía, siempre se te plantará alguien delante. Porque la playa no tiene marcadas las líneas de separación como las del parking. A este proceso de poner las sillas, clavar la sombrilla y demás, mi abuelo lo llamaba “la plantá”. Después hay que ponerse crema. Todo el mundo sabe que hay que encremarse media hora antes de exponerse al sol, pero la realidad es un poco distinta, pues quién quiere salir ya pegajoso de casa. Así que, todos en fila (aquí siempre es mejor ir en grupo o por lo menos no ir solo a la playa) yo te pongo crema en la espalda y luego tú a mí. Este segundo paso que puede ser de lo más variopinto mi abuelo lo denominaba, “la cremá”.

Y cuidado con el tipo de crema que uses, pues yo compré una que era tan densa que estuve varios días paseando por la playa con un cara fantasmal. Con razón me cruzaba con miradas curiosas. Pero claro, antes blanco que rojo cangrejo. Una vez, tuve en mis manos una crema del factor cincuenta que era azul pitufo. Y ya cuando se está cubierto de crema de arriba abajo o bien uno se sienta a leer o se va a pasear, porque meterse al agua directamente sería perder lo que tanto trabajo ha costado repartir por todo el cuerpo. En el paseo siempre se cruzará un niño corriendo hacia el agua en su empeño por llenar un cubo para modelar su castillo de arena, salpicará y nos hará darnos cuenta de que el agua está fría y lo de bañarse puede esperar. 
Qué relajante es andar por la arena con los pies desnudos, dejar que las olas rocen los dedos e imprimir una huella efímera tras otras en el camino. Pasear, pasear sin rumbo, sin dirección ni destino, simplemente de aquí a allá y volver a la sombrilla. Y en el paseo te cruzas con gente como tú que solo busca el placer de andar bajo el sol sobre una alfombra de arena y sal, gente que pueden ser banqueros, empresarios, obreros, profesores, secretarios, bomberos…, pero que en bañador son todos la misma persona, “playeros”.


Y tras pasear por la orilla te das cuenta que de verdad hace calor y ya ha llegado el momento de darse un baño, “la remojá” como diría mi ancestro.

Por último, hacer mención a la naturaleza autóctona de nuestras playas:













Y no os olvidéis de “la plantá, la cremá y la remojá“

España campeona de Europa 2012

Se me puso la piel de gallina al ver al capitán del equipo sosteniendo otra vez la copa de Europa. Ojalá mi abuelo lo hubiera visto.







 Posdata: si lo demás se pudiera arreglar así, con esfuerzo y trabajando en equipo.
               

España en la semifinal de la Eurocopa 2012


A las nueve de la tarde del miércoles 27 de junio estaban las calles de Constanza vacías, en silencio, sin tráfico y sin peatones. El único murmullo que se escuchaba era el de los televisores de las terrazas de los bares. La imagen era la misma en todos ellos, el partido de la Eurocopa, la semifinal entre España y Portugal. Todavía iban cero a cero, pude ir viendo mientras llegaba a casa. Mi paso era rápido. “Si no oyes gritos, quiere decir que ninguno de los dos equipos ha marcado gol”- me decía a mi misma en el último tramo de mi recorrido. “Ya llego…, ya queda poco…” me repetía casi con la lengua fuera. “Pero ¿desde cuándo te interesa a ti tanto el fútbol?” me decía otra voz en el interior. Es que se trataba de España y cuando uno vive en el extranjero estas cosas cobran de repente mayor importancia.

Seguían empatados a cero cuando por fin me senté en el sofá acompañada por mi novio (alemán) y mi hermano. Los ojos puestos sólo en aquel partido. Parecía que había que concentrarse en cada pase, en cada jugada, para que las cosas salieran bien. Otra vez me decía la voz “Isabel, te quedes mirando la pantalla fijamente o no, ellos van a seguir jugando y corriendo por ese verde césped de igual forma”. Y tenía razón, pero la tensión se hacía notar. Y esa tensión fue incrementando a medida que pasaban los minutos y el partido y posteriormente la prorroga se terminaban con un cero a cero. Media España se debía de estar mordiendo las uñas cuando empezaron los penaltis. Y no era para menos, pues hasta el último momento se mantuvo la incertidumbre. El quinto penalti tirado por Fábregas consiguió el estallido de la grada, del banquillo y la maldición del equipo contrario, y eso que al principio parecía que iba fuera al dar en el palo y rebotar dentro.

Estábamos en la final por tercera vez consecutiva, habíamos batido un record. “¿Y por qué dices nosotros, si tu ni siquiera has jugado?” me decía la voz a la que ya no hice caso. Se oían pitidos de coches que recorrían las calles. Y la alegría a las doce de la noche era desmesurada.

Ya sólo me queda desear lo mejor al equipo para la final. 






¡Ánimo España!










Posdata: los alemanes están deseando clasificarse para jugar contra España y poder tomar la revancha de las dos veces anteriores que los desclasificamos.

¿Dónde está el verano?

Los días pasan rápidamente. Las semanas vuelan. Las estaciones se suceden, aunque no con grandes cambios. El sol nos visitó en mayo y en algún día de abril para irse de vacaciones al sur. Se olvidó que ya es junio y debería brillar con fuerza. Pues la lluvia, incansable amiga, nos honra con su presencia cada día. Y no se pierde una sola cita desde las últimas dos semanas ¿Dónde está el verano? ¿y el calor? ¿o acaso hay que ponerle otro nombre a esta nueva estación?

Mientras desde Suiza esperamos que brille el sol y evapore un poco los charcos que cada vez se van haciendo más grandes, os pongo alguna foto alentadora de esta primavera.







Admirando lo más pequeño

Estamos acostumbrados a la alta tecnología. Ahora apretamos este botón y un gran abanico de posibilidades se abre ante nuestros ojos, quizás sin siquiera movernos del sofá, de la cama, de la silla giratoria delante del ordenador. Damos por hecho que las cosas son así porque sí. El avance imparable de la ciencia hace que a lo mejor no nos paremos a pensar lo complejas que son las cosas, simplemente las aceptamos y ya está. Y sin embargo, son las más insignificantes las más asombrosas.


A mediados de febrero, un mañana soleada en la que conseguí que el tiempo me diera una tregua y me concediera unos minutos de descanso, me dediqué a sembrar. Había comprado guisantes. Nunca había tenido guisantes, la hortaliza que suele decorar primero mi balcón y después mi ensalada siempre ha sido el tomate cherry.
 

No obstante, un plato que es fácil y me gusta mucho es el de guisantes con jamón. Así que, un día disfrutando de ese particular sabor, mezclado a lo mejor con un poco de patata, decidí que tenía que sembrar guisantes. Había visto en un programa que eran plantas trepadoras y tenían una bonita flor. 


Abrí cuidadosamente el sobre con las semillas y unos granitos cayeron sobre la palma de mi mano. Los miré por un momento, estaban secos y arrugaditos. ¿Cómo podía ser que con un poco de agua y tierra volvieran a la vida? Los coloqué uno a uno sobre tierra mullida especial para siembra. Los tapé con más tierra y los regué. Parecía estar siguiendo las instrucciones de un libro de recetas.


Poco menos de una semana después, aquellos guisantes inertes comenzaron a despuntar con un tallo verde. Aquel era el milagro de la vida, tan simple como un guisante, tan complejo de explicar y tras seguir la receta adecuada.





¡Este verano comeremos guisantes con jamón! ¿Quién se apunta?

Queriendo alcanzar lo inalcanzable: el tiempo

El lunes, de ocho y media de la mañana a seis de la tarde curso de bibliotecas. El tren hay que cogerlo a las siete. Las clases muy interesantes y prácticas no resultan difíciles de seguir al ser en “Hochdeutsch” (alemán estándar). En la hora de la comida tengo que hacer esfuerzos de concentración extra porque mis compañeras hablan suizo. Y lo mejor es sonreír y seguir comiendo cuando de repente han cambiado de tema y yo aún estaba intentando entender el punto de discusión del tema anterior. 

El martes se repite el programa. Las clases requieren mucho trabajo en parejas, en grupo, exposiciones, lluvia de ideas y de repente, la profesora se da cuenta de que ahora es alumna y tanto ir y venir con un resumen de esto, ideas sobre este tema o comentar lo otro en grupo, no le entusiasma demasiado. La profesora a la que me refiero soy yo. Y los martes después de recibir una pequeña dosis de mi propia medicina, de siete y media a nueve doy clases de español.

El miércoles hay que cocinar algo por la mañana. Se revisa la clase de la tarde y después de comer coger el tren. Ver el paisaje, se cierran los ojos, la siesta se hace en el trayecto de media hora hacia el pueblo siguiente donde está la biblioteca. De dos a cinco, prácticas en la biblioteca: prestar libros, catalogar Cd, repartir libros devueltos por los estantes y tras varios viajes de aquí a allá, de la sección infantil a la adulta, me doy cuenta que he repartido mal las dos últimas tandas. Se intenta subsanar el error. ¡vaya, ya no me acuerdo qué libros eran! Vuelta a coger el tren, un zorro cruza un campo nevado. Llegar a casa, coger los libros y el aparato de música portátil. Coger otra vez el tren e ir a dar clase de español hasta las ocho.

El jueves por la mañana hay que preparar las clases de la semana siguiente y corregir algún ejercicio del día anterior. Al entrar en el baño la cesta de la ropa sucia no sé si me ruge o me suplica que ponga una lavadora. ¿Me dará tiempo antes de que se corte la electricidad de la máquina a las once y que haga un programa completo de lavado? Se intenta, no hay alternativa, el cajón de la ropa interior está bajo mínimos. Bajar al sótano con la cesta llena. Y ¡uy! el vecino de arriba ha sido más rápido y ya la ha puesto. Dejar lo de la lavadora para otro momento, quizás otro día. Ir rápidamente a comprar. Cocinar algo. Comer viendo el canal español internacional. Recoger la cocina y poner el lavavajillas antes de que se amontonen los platos en la fregadera, como suele ocurrir después de cenar. Cambiarme, coger los libros y el aparato de música portátil y a la estación. Clase de español hasta las ocho.

El viernes en teoría libre. Corregir los ejercicios de la tarde anterior. Terminar de preparar las clases de la semana siguiente. Mandar a los alumnos el PowerPoint de clase, porque no hay pizarra y todo gira en torno al ordenador. Ver los emails mandados y darme cuenta de que no les he mandado el de la semana anterior. La mesa está a rebosar de libros y papeles. Comer alguna sobra de la semana. ¡Qué suerte, ha salido el sol! Dar un paseo antes de convertirme en Drácula al tener ya la piel blanca y los ojos rojizos de la pantalla del ordenador. Volver, terminar de preparar el examen de español para la semana siguiente. Descubro por casualidad una función nueva de Word. Llega mi novio de trabajar. Cenamos y el sofá nos engulle.

El fin de semana por fin ha llegado, pero hay que combatir un ejército de pelusas que ha ido conquistando el piso poco a poco tras colocarse en lugares estratégicos: esquinas, pasillo, detrás de las puertas y debajo de los muebles. El lavabo del baño está atascado y la cesta de la ropa me recuerda que dejé la lavadora pendiente, ahora habrá que poner por los menos dos. ¿He regado las plantas esta semana? El papel para reciclar se acumula en la cocina y hay que bajar la basura.

Y así, semana tras semana, sigue la carrera de la vida, sin llegar nunca a alcanzarle.


Cuando el río no suena…

… es porque está congelado.

El domingo 12, tras un par de semanas a menos diez grados y con máximas que nunca llegaban a los cero grados, decidimos ir a ver cómo estaba la parte del lago Constanza por la zona de la isla Reichenau. Había salido el sol, no hacía demasiado viento y los menos cinco grados no se sentían tan fríos si te movías. En Reichenau, el lago hace un recodo donde sólo cubre medio metro y con temperaturas tan bajas por varios días se congela fácilmente.

Queríamos ir a dar un paseo, ver cómo estaba la zona. Y lo mismo que nosotros debió de pensar toda la población de Constanza, pues la zona de parking estaba a rebosar. ¿Y qué tiene de especial ver un lago congelado? Os preguntaréis. Pues que se puede patinar sobre él. Excepto nosotros, que ya estoy empezando a pensarlo para otro año, no debe haber un solo habitante de la zona sin patines de cuchilla. Aquí patinaba todo el mundo, niños, adultos, incluso perros que sin tener que llevar patines se deslizaban por el hielo con las cuatro patas a distintos ritmos cada una. 

Y los que eran demasiado pequeños para patinar, estaban empaquetados en monos de nieve y eran arrastrados en un trineo. Algunos echaban un partido de hockey con sus amigos. Y a lo lejos, se veía una vela surcando el hielo. Debía de ser algo así como un patín-vela. Si tenías ganas de andar o patinar sin descanso, podías cruzarte el lago de una orilla a otra, lo que te podía costar alrededor de una hora. Y si necesitabas entrar en calor y descansar un poco para eso estaban los puestos de comida y bebida recién instalados sobre el hielo y con bancos y mesas para sentarse. Es que cuando los alemanes coinciden en una actividad, se preparan y organizan bastante bien. Así, nos tomamos un Glühwein, un vino caliente. También había ponche caliente sin alcohol, vendían salchichas y gofres espolvoreados con azúcar glas para no desentonar con el paisaje.


Y a pesar de la gélida temperatura te podías pasar un bonito día de domingo deslizándote por el hielo.

Aunque ahora ya hemos pasado los cero grados y el hielo empieza a romperse, aquí podéis ver cómo estaban las cataras del Rin. Como decían en el periódico estaban de cuento de hadas.

En este otro enlace podéis ver un vídeo de otro lago congelado en Suiza para haceros una idea de las actividades que se realizan cuando hace tanto frío.

Y para ver más fotos de la ola de Siberia a su paso por Suiza, sólo tenéis que pinchar aquí.

¡Qué disfrutéis de unas imágenes escalofriantes!

Grosses Narrentreffen, Konstanz 2012

El carnaval en Alemania es muy importante, pero tiene un concepto un tanto distinto al que estamos acostumbrados en España. En cada pueblo o ciudad hay agrupaciones, asociaciones, que se disfrazan o visten de una forma determinada. Por ejemplo, en Constanza, el traje es de colores simulando las plumas de un loro o un gallo, no estoy segura.
Se podría comparar un poco con la semana santa en España, cada ciudad tiene sus cofradías con su particular vestimenta y escudo. Aquí es algo parecido, cada asociación tiene uno o varios tipos de trajes y máscaras que exponen después en un desfile. Por supuesto, el trasfondo de todo esto nada tiene que ver con la semana santa, es algo mucho más folclórico. Pero la idea de agrupación de gente que se reúne con el mismo motivo y comparten la misma forma de vestir es lo mismo. De hecho, también tienen sus reuniones, concentraciones y desfiles.
Así, cada año, las agrupaciones de varias ciudades y pueblos alemanes y algunos del norte de Suiza, se reúnen en una ciudad determinada un fin de semana previo al carnaval en febrero. Este año le tocaba a Constanza, que desde hacía cuarenta años no había visto una concentración tan grande de “Narren”. Narren es el nombre que se le da a las personas disfrazadas que pertenecen a un grupo, como los “cofrades” de semana santa. Ya sé que nada tiene ver una cosa con la otra, pero es para que me entendáis lingüísticamente. Narren, en singular “Narr” significa “bufón”, como aquellos de la corte que se dedicaban a hacer reír al rey y a la reina.
Los trajes o disfraces suelen ser de colores llamativos decorados con cascabeles, cencerros, dando la impresión de andar entre vacas, pelo que simula el de animal y hasta caracoles y cáscaras de nueces. Las calles durante toda la festividad del carnaval están adornadas con trozos de telas de diversos colores y estampas.

Y este año además hay carteles con algunas de las agrupaciones de Constanza, como el grupo de los demonios, los duendes del bosque o los jacobinos. Pero lo más interesante de todo son las máscaras. Las máscaras son de madera y parecen simular caricaturas de personajes. Algunas son monstruosas y pueden dar verdaderamente miedo y otras, sin embargo, son elegantes con finas y brillantes líneas.

El concepto de la máscara es mantener el anonimato. Todas las personas del mismo grupo son iguales. Cada mascara confiere una identidad especial al que la lleva. Por ejemplo: las brujas son un personaje singular que es conocido por hacer fechorías ahí por donde pasa, como después os contaré en el desfile. El estar protegido por una máscara también te permite decir y hacer cosas que no dirías o harías si no la llevaras. Y quizás eso es un poco el fundamento del carnaval, la desinhibición. Así, estos días, las calles se llenan de gente alegre que habla con unos y otros aunque no se conozcan, algo que para los españoles puede ser algo un tanto normal y que cuesta más a los alemanes.
Del viernes 20 al domingo 22 hubo en la ciudad todo tipo de actividades. En la tarde del viernes se inauguró el programa del fin de semana con un desfile de las agrupaciones de Constanza, apareciendo las primeras máscaras por la calle. Más tarde, cerca de la catedral había exhibición de baile de esta agrupación con el disfraz de gallo. Porque cada grupo puede tener también un baile particular, éstos en concreto bailaban con faroles. Otros lo hacen saltando para que suenen los grandes cascabeles que llevan en los cinturones. Y cada agrupación puede tener también su propia banda de música, tocando por las calles y a veces dentro de los bares y restaurantes.
Aquí podéis ver  los bailes en el vídeo de la columna de la derecha, donde dice: Sendung zum Sehen, en los minutos 12:15 del vídeo y el 14:27.
El sábado, entre otras cosas, se erigió un árbol en medio de una de las plazas principales de la ciudad. Había una trampilla en el suelo embaldosado y sin ayuda de máquinas las asociaciones de Stockach y Radolfzell montaron todo un espectáculo para colocar el pino de 33 metros de largo.


Por la tarde, hubo más bailes por distintas asociaciones y toda la noche, los bares y restaurantes de la ciudad estuvieron inundados de música, canciones, disfraces, cerveza y Glühwein (vino caliente).

El domingo fue el día del gran desfile. Participaban 69 asociaciones distintas. En realidad 69 ciudades o pueblos distintos con varios tipos de trajes y a veces incluso banda de música, cada una. La televisión local ya estaba instalada desde hacía un par de días. Comenzaba a las doce del mediodía. El desfile recorría algunas calles principales de la ciudad para terminar en la parte histórica. Para poder ver el desfile había que pagar seis euros y te daban un mini instrumento de madera que no se cómo se llama en español, que se utiliza para hacer ruido.

Yo llegué sobre las once a la zona de la catedral. Habían dispuesto bancos a lo largo de toda la calle, los focos de la televisión ya estaban encendidos. Apenas había un sitio libre. Encontré un hueco justo en frente de una de las cámaras y pensé que allí sería un buen sitio para hacer fotos porque la calle hacía una pequeña curva y el foco iluminaba toda la zona, pues el día no se decidía a estar soleado. Me senté y vi pasar gente de un lado a otro, disfrazados con las máscaras colgando. Mi novio llegó más tarde y se colocó de pie detrás de mí. A las doce y cuarto llegó el coche policía con el primer grupo detrás, el Blätzlebuebe-Zunft de Constanza. Al ser el grupo anfitrión eran los primeros. La gente gritaba “Ho-Narro” que no tiene ningún significado, pero es el grito de guerra en carnaval, por llamarlo de algún modo.
Los grupos siguientes pertenecían a la región de la Selva Negra. No se dejaba de oír música, gritos eufóricos, sonido de carracas y cascabeles. Muchos de ellos llevaban atados a palos unos globitos muy particulares, que con un poco de asco descubrí antes del desfile que eran tripas de animal infladas y atadas, pues las que vi antes de comenzar aún estaban frescas y eran blancas. La mayoría, ya secas, eran de un color marrón claro.

A los niños les daban caramelos y a veces, a los no tan niños como a mí. Y cuando aparecía un grupo de brujas con sus escobas, que casi todas las asociaciones tienen uno, la gente se estremecía, no porque dieran miedo, sino porque no sabías lo que te podía pasar. A las chicas jóvenes normalmente las cogían y las metían en una jaula que llevaban en un camión, tras un rato las volvían a soltar y tenían que volver al punto en el que estaban viendo el desfile. A otros les quitaban el gorro. Y a mí, tres o cuatro veces distintas, me revolvieron el pelo.

Tras dos horas de desfile, aún por el grupo número 18, pero ya con la región de Baar, decidimos irnos a comer algo y entrar en calor. Y fue entonces cuando me levanté del banco de madera que me di cuenta del frío que tenía. Mis piernas apenas se podían mover, tenía los músculos agarrotados. Y como parecía que aún iba a empezar a llover decidimos volver a casa y terminar de ver el desfile por la televisión porque aún quedaban unas tres horas más de show. Pero las máscaras y los disfraces no terminan aquí, esto sólo ha sido un preludio de lo que habrá en febrero.
Estatuas homenaje a los Narren de Constanza


"Haarig, haarig isch de Bär, und wenn de Bär it haarig wär, wär er au Koin Bär"

Más fotos del desfile en este álbum
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Boda en Alfaro

Tras el maratón de cenas y comidas navideñas con sus correspondientes postres y dulces típicos, llegó el año nuevo con sus buenos propósitos, entre ellos, el más nombrado a mi alrededor “hacer dieta”. Y en mi familia no era para menos, pues el sábado catorce teníamos la boda de un primo. Así que, en cuanto la Nochevieja pasó con su champán, las uvas aglomerándose en la boca y mucho comer, la mayor parte de la familia se puso a dieta. Tenía que caber el vestido que ya se había comprado antes de las navidades, quizás ya usado en otra boda, pero es que en tiempo de crisis y, a veces incluso sin ella, hay que dar un buen uso a los trajes de gala. Algunos lo consiguieron, yo opté por no pesarme ni antes de navidad, ni después de la pantagruélica festividad. Después, tocaba probarse el vestido que tan bien guardado esperaba en el armario. Aquí había que coger aire, rezar un poco y esperar que la cremallera subiera hasta arriba de un tirón sin renquear por el camino. Por suerte, yo logré esta parte, aunque al principio pensaba que durante la ceremonia tendría que concentrarme en respirar despacio como un buzo haciendo submarinismo a diez metros de profundidad sintiendo la presión a su alrededor.

Estamos en enero y tras una navidad atípica con tiempo casi primaveral llegó el frio acompañado de un niebla espesa. “No hay calefacción en la iglesia” se comentó el día anterior al enlace. “Pues nos llevamos una manta” dijo mi madre a modo de broma. Yo sin embargo, aquello lo tomé como una gran sugerencia y preparé un par de mantas, de esas de viaje o con las que uno se tapa en el sofá cuando duerme la siesta, no demasiado grandes, ni pesadas como las de cama. Y junto a los zapatos de repuesto planos, porque siempre son necesarios y seamos claros, los zapatos de tacón son preciosos, estilizan la pierna, te hacen parecer más alta, sobre todo cuando se es una de las más bajitas de la familia, pero cuando llevas un par de horas con ellos descubres que la planta del pie también tiene sensibilidad, y es que aunque no lo parezca, los pies son tan sensibles que con el calzado inapropiado pueden entrar en un estado de coma tal, que ni el más duro de los golpes puede despertarlos de su trance como pude comprobar en mi pie derecho al sentarme para el banquete. Pero no adelantemos acontecimientos. De momento estamos con la preparación para el enlace.
El sábado por la mañana en casa de mis padres todo eran prisas, baños abarrotados, maquillaje primero, me visto después ¿o lo hago al revés? Se oía un secador por aquí, una ducha por allá, frases como “¿qué pendientes me quedan mejor?” y el perro roncando en su cojín mientras unos y otros pasábamos por delante. Y luego pasa lo que suele suceder en estos casos de caos preparativo, que las cosas nunca salen lo perfectas que uno las planea: el pelo no se consigue ondular como estaba pensado, la corbata que se había elegido en un principio no se ve tan bien una vez puesta o no encuentras directamente la corbata que deseas porque se ha deslizado a un rincón oscuro del armario, y lo mejor de todo, cuando te pones las medias con sumo cuidado y descubres que ya tienen una carrera que amenaza con convertirse en una bonita autopista recorriendo el paisaje de tu pierna. Sí, yo fui a la boda con una carrera en mi pierna izquierda y como llegaba hasta la rodilla al igual que el vestido y no tenía otras le puse un poco de pintauñas trasparente para que no se decidiera a crecer y me metí en el coche esperando que nadie se diera cuenta.

La boda se celebraba a una hora de Zaragoza, en Alfaro, ya en la comunidad de La Rioja. El día se había levantado con las legañas de la niebla pegadas al cielo, y como si lo hubieran pactado con el señor Tiempo para tan importante día, una vez dejada la autopista se vislumbraba la localidad de Alfaro soleada con un cielo azul y despejado. En cuanto salimos del coche el frío nos recibió con un gélido abrazo. Fuimos andando hacia la plaza de España. Con mis zapatos de tacón sólo podía dar pasos relativamente cortos y mi estilo andando era el mismo que Jar Jar Binks en la guerra de las galaxias, es decir, nada elegante. Al llegar a la plaza, me sorprendió la grandeza de la Colegiata de San Miguel. Es un edificio recién renovado, imponente, majestuoso, una joya guardada en secreto por esta pequeña localidad.

La plaza estaba llena de invitados que se distribuían por la zona soleada. Las cigüeñas iban y venían a una de las torres que habían adoptado para fundar su hogar. La novia llegó radiante con un vestido blanco sin mangas y un único chal de pelo blanco cubriéndole los hombros, desafiando así la temperatura tanto exterior como luego interior en la iglesia. En su muñeca derecha llevaba una fina pulsera azul de hilo y el ramo era sencillo con flores tipo calas de color granate entonando con la camisa del novio que acudió a su encuentro. El resto de invitados fuimos entrando en la Colegiata para tomar asiento.

El interior recién pintado deslumbraba por la nitidez de sus colores y relieves y a pesar de tener la impresión de meterte en una nevera, las exclamaciones de asombro hacia los murales del fondo, las esculturas, los techos, las pinturas, te hacían olvidar por un momento que las medias eran de verano, los zapatos de tacón y debajo del abrigo llevabas un vestido de tirantes. Tomé asiento en la tercera fila y desplegué la manta blanca que había traído cubriendo también a una prima mía, que encontró muy ingenioso el invento. Desde la fila de delante nos comentaron “¡mira, como en los toros!”  Entonces la música empezó a sonar y la novia accedió al altar cogida del brazo de su padre, seguida después del novio acompañado por su madre. Se les veía contentos, exultantes y parecía que poco les importaba el frío.

El cura inauguró la ceremonia denominando la boda de experimento al ser la primera desde hacía siete años y tras la muy reciente restauración de la colegiata. Pero de experimento nada porque el resultado fue una ceremonia bonita, tierna y alegre. Bonita por el decorado en el que tuvo lugar, tierna por las lágrimas de emoción del novio al repetir los votos y las de la novia con los discursos de amigos y familiares; y alegre por la música escogida. Porque hay que hacer una mención especial a los cantantes con sus guitarras, pues no les tembló la voz ni un sólo instante a pesar del frío. Y a un ritmo parecido a la canción del mismo nombre de Gloria Estefan, “Santo, Santo…” yo me moví un poco en el banco donde estaba sentada, pero claro esto es una ceremonia seria y lo de bailar viene después. El momento de acción llegó con la paz, ya no sentía los dedos de las manos y qué decir de los pies. “Hay que hacer la cigüeña, le susurro a mi prima” que me mira entonces con cara de extrañeza, “sí, apoyarse con un pierna y frotarse con la otra para entrar en calor”.

Y para darle un toque romántico, mientras se comulgaba posteriormente, se cantó la canción de Rosana “contigo”. Los novios se miraban con complicidad. Él con los ojos vidriosos no podía apartar la mirada de ella y ella, en apariencia más entera, le respondía con un tierno beso capaz de derretir cualquier témpano de hielo con el calor de su amor.


La ceremonia estaba llegando a su fin. Ya estaban casados y la felicidad asomaba en cada mirada, en cada susurro, en sus manos entrelazadas. Después, todos los presentes hicimos una larga fila y les dimos la enhorabuena. Y en este protocolario acto bien ensayado fuimos repartiendo besos y expresiones de emoción al novio, sus padres y a la novia y los suyos.
Hubo un momento en mi vida en que pensé que todo esto de las bodas no era más que un negocio económico en el que salían beneficiados, restaurantes, salas de eventos, hoteles, floristerías, empresas de impresión de tarjetas, agencias de viajes etc. porque todo lo que hay detrás de un día o incluso un fin de semana de celebración es mucho y cuesta mucho dinero. Me aterrorizaba este capitalismo despiadado que trata de sacar beneficio hasta del que se supone es uno de los mejores días de tu vida, el más íntimo y personal y había conseguido que se formara en mí una idea equivocada de este tipo de eventos. Además de olvidar lo esencial, que volví a descubrir cuando transmití mi enhorabuena a estas seis personas. Podéis llamarme cursi, pero fue simplemente la sensación de amor y felicidad que radiaban su rostros lo que me recordó el por qué de las bodas.
Tras esto, algunos nos metimos un momento en una cafetería de la plaza para entrar en calor y descubrir que las medias se iban bajando y con ellas la carrera enmendada, empezando a quedar visible. Cuando los novios salieron de la iglesia se les tiró arroz, confeti y demás. Luego vinieron las fotos grupales en la escalinata. Y rápidamente nos fuimos al restaurante, no hacía una temperatura adecuada para estar demasiado en la calle.

El restaurante nos acogió con una bienvenida en forma de jamón, tartaletas, tostadas de foie, cucharitas de bonito, por supuesto bebidas y luego comenzaron a aparecer croquetas, pulpo a la gallega, brochetas, crema de marisco…un placer para el paladar. Los pies iban entrando en calor, los abrigos se iban dejando en las sillas del salón contiguo donde pasaríamos después para la comida, más fotos y estómagos muy contentos. Para mí, esto que se denominaba aperitivo de bienvenida ya era extraordinario, casi suficiente y lo mejor. A continuación, se pasó al gran salón, parecía que habíamos sido invitados a una comida real por la decoración de la estancia. Cuando me senté me di cuenta de lo cansados que estaban mis pies y que el derecho estaba dormido. En seguida se sirvió el primer plato, si es que se puede denominar como primero, pues aquello fue un comer continuo y ya habíamos empezado. De primero hojaldres de bacalao sin escatimar en salsa, tan suave y sabrosos, y ya estaba llena. De segundo, gambas a la plancha, mi parte favorita del menú. Fue lo más sencillo y me recordaba a las comidas de verano cuando mi padre prepara un aperitivo. Y aunque aquello no era nada fino para la ocasión, y no se correspondía con lo que vestíamos, lo de chuparse los dedos con ese gustillo salado fue lo mejor y no faltó. Como estaba todo planeado, disponíamos de unas servilletas húmedas al aroma de limón para limpiarnos las manos. Después, de tercero, merluza, también de carácter suave y textura agradable, pero yo ya no podía más. Luego, sirvieron un sorbete de mojito y aunque en la carta ponía “o” no se dio a elegir y también se sirvió uno de mandarina, para separar el pescado de la carne que venía a continuación. Con el sorbete de mojito ya me levanté. Tenía que moverme un poco, era incapaz de comer nada más, pero todo estaba tan rico que daba pena no probarlo. Éramos muchos los invitados, fui recorriendo algunas mesas, aprovechando a hablar con unos u otros. Se les entregó algún regalo a los novios que también habían abandonado su mesa y se paseaban de aquí a allá.
Al rato llegó la carne, cordero o solomillo. Yo ya no quería volver a mi sitio, no podía afrontar más comida. De hecho, mi pan al final quedó intacto y no fue el único. Luego el pastel de bodas hizo su entrada triunfal. Los novios empuñaron la daga y lo cortaron como si fueran caballeros de la mesa redonda. Sin embargo, no sé si os habéis fijado en otras bodas, pero este pastel no se reparte entre los invitados. Y la duda es la siguiente: una vez cortado ¿quién se lo come?. Además, tenía buena pinta relleno de chocolate. Entonces llegó el último plato, el postre con fruta, helado de mango y diferentes tipos de chocolate. Aunque para lo dulce parece que siempre hay un hueco en el estómago, he de decir que no me pude terminar mi delicia de tres chocolates. Pero así son las bodas y la navidad y toda festividad que se precie, un simple hartazgo de comer.

Con el café y las copas se comenzó a repartir los presentes para los invitados, una botella de vino de La Rioja, por supuesto, para los hombres y unas alpargatas para las mujeres, por eso de los tacones. Por unos instantes nos vimos envueltos en medio de un mercadillo ambulante de zapatillas. “¿Qué número llevas?- se oía una voz. “Un treinta y nueve” respondía otra. “No me quedan del nueve, voy a ver si tiene mi compañera” y así nos llevamos a casa unas prácticas alpargatas de tela cosidas a mano. La mayoría seguíamos todavía sentados, haciendo fotos, comentando la originalidad de los obsequios y ya habíamos perdido toda noción del tiempo, serían alrededor de las siete y en nuestros comentarios sin darnos cuenta llamábamos al banquete “cena” cuando había empezado siendo una comida.

Pero ahora sí, poco a poco fuimos pasando a la sala contigua, era el momento del baile. Yo me acababa de cambiar de zapatos y me había puesto los planos. Mis pies volvieron a la vida. Los novios inauguraron la sala de baile e inundados por pequeñas luces de colores comenzamos a bailar. La música fue de lo más variada, hubo alguna jota al principio, Paquito chocolatero no podía faltar (nombre gracioso cuando se escribe), mucha música de los ochenta, noventa, tengo un tractor amarillo, un rayo de sol, follow the leader y cada uno iba hacia un lado distinto, el baile de los pajaritos etc.

Sobre las once de la noche empezaron a sacar mini bocadillos de lomo embuchado y de atún. Yo cogí uno de lomo, al pasar una bandeja por mi lado con muchos bocadillitos bien puestos y me sorprendí a mi misma comiéndolo y volviendo a tener hambre. Pero si acabábamos de cenar. A continuación hizo su entrada triunfal una gran fuente de chocolate con bandejas de trozos de fruta y esas chucherías rosas y esponjosas que algunos llaman nubecitas y otros como los de mi generación llamamos jamoncitos.

¡Cómo podía ser! si no me había podido terminar la comida, acababa de engullir un bocadillo y ya estaba pinchando un fresa para bañarla en chocolate. Estaba hipnotizada por aquella cascada del dulce más preciado. Me hubiera gustado haber bebido directamente, pero no era apropiado. ¡Y qué sabor! Luego pinché una chuchería de esas blanditas que como si fuera una trozo de miga de pan absorbía el chocolate para fundirse después en la boca, luego cogí un trozo de kiwi, pinché otra chuchería esponjosa, y… tuve que dejarlo por respeto a mi estómago. A mi lado había quien se le caían los tropezones y se hundían en la balsa de chocolate. Observé por un momento cómo una de esas chucherías rosadas ya se había vuelto oscura y se hundía en el chocolate para después volver a salir a flote. De verdad que ver el chocolate caer te embelesaba, pero ya no debía comer más y me alejé de la fuente de la felicidad con la que todo niño sueña.

Poco más de las doce cual cenicienta volví a Zaragoza, pues al día siguiente debía coger el tren y luego el avión para volver a Suiza.
Con esta larga entrada de blog quisiera dar mi enhorabuena a los novios que ahora estarán disfrutando de su luna de miel. Y como broche final quiero compartir con todos vosotros, especialmente con los románticos, un poema de Bécquer: 

XXIII
Por una mirada, un mundo;

Por una sonrisa, un cielo;

Por un beso…¡yo no sé

Qué te diera por un beso!

G.A. Bécquer