Limpiar el microondas


Un truco para poder limpiar la grasa o la suciedad que se queda pegada dentro del microondas es usar limón.
 
Se pone un recipiente (apto para micro. yo uso de cerámica) con agua y el jugo de un limón exprimido, dentro del microondas sin taparlo.
 
Se programa la temperatura más alta por un par de minutos.
 
Cuando termina, cuidado con el recipiente porque estará caliente, se pasa un paño por el interior del microondas que se habrá quedado cubierto del agua evaporada y se seca.
 
Si quedan rastros de suciedad, se puede repetir el proceso.
 
También sirve para quitar malos olores al microondas.
 
Y recordad, después de usar el aparato eléctrico, desenchufadlo completamente, porque aunque no esté funcionando sigue consumiendo energía si sigue enchufado a la red.
 

El pudor en Alemania


Hace casi un año me apunté a un gimnasio cerca de casa. Tras oír argumentos a favor de este popular lugar, decidí que ya era hora de poner final a quizás diez años de poco y nada de ejercicio regular. Cuando uno deja de estudiar y empieza a trabajar, tiene quizás más dinero para hacer estas cosas, pero también menos tiempo. Yo no quería hacer musculitos pues las máquinas me parecían aburridas. Quería ponerme en forma y no perder el aliento con unas insignificantes escaleras. Empecé yendo a clases de “zumba” y había mujeres que me doblaban la edad y salían frescas como rosas de la clase para seguir con otra cosa, mientras que a mí se me caía la lengua al suelo, la camiseta quedaba empapada y me arrastraba como podía hasta la ducha. No me interpretéis mal, mi bmi es normal y me gusta pasear e ir en bici. Pero normalmente el verano se llevaba la mayor parte de mi ejercicio anual.

El gimnasio es sólo para mujeres, pequeño y acogedor. Aunque lo de acogedor se lo han tomado muy en serio y hasta los vestidores y duchas son acogedores, y eso no es bueno. O por lo menos yo no estaba acostumbrada a ello. Los cambiadores en España en los que había estado, como los de la piscina, siempre tenían cabinas individuales. Y pocas eran las mujeres (de los hombres, no lo sé, porque nunca he estado aunque siempre me haya picado la curiosidad) que se cambiaban abiertamente fuera de las cabinas herméticas y bien cerradas. Al igual que las duchas, pues qué necesidad había de ver a nuestra vecina duchándose.

Sin embargo, en este gimnasio alemán, no hay cabinas y las duchas están todas en un mismo habitáculo. Yo al principio me tapaba con la toalla para vestirme y desvestirme llegando a hacer malabares imposibles. Buscaba la ducha más escondida y la conseguí encontrar. Y todo mi afán era que se viera el menor desnudo posible. No es que me avergonzara de mi cuerpo, sino de que otros lo vieran y ya si iba sin depilar…

Curiosamente, yo era la única que me tomaba tantas molestias, pues por aquella habitación, donde las miradas se cruzan inevitablemente porque no hay más espacio, pasaban cuerpos desnudos, vestidos, semidesnudos, jóvenes, maduros, voluminosos, en forma, con carnes prietas, flácidas; cuerpos que mientras se exponían mantenían una conversación con otro. Se veía de todo aunque no se quisiera. Resulta ser todo un espectáculo del pudor, del que uno tiene que coger aire como si fuera a bucear y quitarse la camiseta sudada delante de otras personas para ir a la ducha con otras cuantas personas más.

Entonces me acuerdo de las zonas nudistas que tienen las piscinas al aire libre y pienso ¿será que los alemanes tienen menos pudor?

Tener perro en Suiza y Alemania


Desde finales de noviembre hay un nuevo miembro en nuestra pequeña familia. Se trata de un cachorro de Cavalier King Charles. Escogí al final esta raza por ser familiar, amigo de los niños y sobre todo por su tamaño. Es un perro que no llega a los diez kilos de peso, por lo que puedo llevármelo conmigo fácilmente en el avión, a mis pies, cada vez que voy a España a ver a la familia. Si no hubiera sido por esta premisa de viajar a menudo, hubiera adoptado un galgo, pues me parecen perros estupendos, que desgraciadamente no suelen tener mucha suerte en la vida.

Antes de decidirme a comprar, estuve mirando perreras tanto en Suiza, en Alemania como también en España. Pero la mayoría de los perros suelen ser grandes. El tamaño era algo muy importante en la decisión. Y los de tamaño pequeño, como podría ser un chihuahua o mezcla, ya eran adultos, a la vez que escasos. Y pensé que sería mejor acostumbrar a un cachorro a viajar que intentarlo con un perro adulto del que no conoces sus miedos. Además, hablando de perreras, en Suiza y Alemania, adoptar un perro puede costar entre 200 y 400 euros, depende del tipo de animal.

La decisión no obstante, no podría haber sido más acertada. Porque nuestra “Queenie”, así se llama, ya ha volado por navidad ida y vuelta a España sin importarle si despegábamos o aterrizábamos, algo a lo que yo misma no consigo acostumbrarme. Pero antes de tener un perro en Suiza, cuidado, hay que hacer un curso teórico. Además de que en el ayuntamiento de cada localidad hay folletos de todo tipo explicando qué hay que hacer cuando decides tener un perro, dónde tienes que registrarlo etc. Incluso he visto folletos para niños narrados como un pequeño cuento para que aprendan como tratar con perros. Sobre todo información que no falte. En Alemania lo del curso teórico no existe, pero sí que hay “Welpengruppen”: grupos de cachorros. Una escuela canina organiza un día y una hora para que vayas con tu cachorro. Los pequeños juegan, se relacionan con sus congéneres y el adiestrador propone pequeños ejercicios de sociabilización y resuelve dudas a las nuevos dueños.

Y es que la sociabilización, según parece, es muy importante hasta que el perro tiene 16 semanas de vida. Nosotros recogimos nuestro perro con 9 semanas. Y desde las 9 a las 16 semanas, ha sido el momento clave para que aprendiera a convivir con todo tipo de gente y a estar en todo tipo de sitios, la sociabilización. Quiero decir, que nos lo hemos llevado a todas partes. Ha estado en correos, en el banco, en restaurantes y cafeterías, en tiendas, en el mercadillo de navidad, en aeropuertos, en el autobús, en tren, en coche, conmigo en el trabajo debajo de la mesa de la oficina roncando, en el parque viendo los animales que hay (burros, cabras, gallinas, cerdo, ovejas), en casa de mis padres con el perro que tienen de 12 años, en casa de los padres de mi novio rodeada de niños de todas las edades, en un pabellón polideportivo, en el centro comercial… Porque en Alemania se puede entrar con el perro a todas partes, excepto al supermercado. En Suiza también, quizás no son tan exageradamente permisivos como los alemanes, pero al menos, en el tren, debido a su tamaño, si va dentro de una bolsa de transporte no tiene que pagar billete. Lo que es una ventaja, si pensamos que para meter la bicicleta dentro del tren sí que hay que pagar. Algo de lo que me di cuenta después de pasar todo un verano yendo en tren a trabajar con la bici, metiéndola a la ida en el vagón para volver a casa pedaleando.

Y ahora, en cuanto Queenie cumpla los seis meses, haremos el curso práctico que también es obligatorio, donde se practicará ir con la correa sin tirar, a obedecer y venir cuando la llamas y ya veremos qué más. De momento, ya sabe que con la palabra “sitz” debe sentarse, con “komm” venir, aunque también responde a silbidos, para no tener que ir gritando por el parque y estoy intentando que aprenda a tumbarse a la orden de “platz” lo que le está costando y sólo lo hace cuando ve mi mano en el suelo y espera recibir un premio.

La verdad es que Queenie a estas alturas de nuestra convivencia si no es ya trilingüe, debe estar muy confusa. Los comandos principales se los digo en alemán para que no tenga problemas en la “escuela”, pero palabras como “vamos” o “toma” las conoce en español. A veces incluso me descubro a mí misma hablándole en inglés, y me mira moviendo el rabo de un lado a otro con cara de indiferencia, pues el premio, al final, es lo más importante.

Los primeros brotes de la primavera

Para sentir antes la llegada de la primavera en estos días fríos y blanquecinos, yo tengo un pequeño truco.
 
Por estas fechas (enero, febrero) me paseo por las tiendas de plantas que están a rebosar de bulbos como tulipanes, narcisos y muscari, y compro un jacinto que esté brotado en una pequeña maceta de plástico (no el bulbo para plantarlo) que cuesta alrededor de dos euros.

Jacinto (Hyacinthus) recién traido y puesto dentro de una maceta de porcelana.



Lo pongo en el salón y poco a poco se va abriendo.
 
 
 
Aparte de observar el desarrollo de las flores, una vez abierto me inunda la habitación de perfume y color.






Los hay de muchos colores: blancos, rosas, lilas, cremas...





Al año que viene ya estoy pensando que compraré varios de distintas tonalidades.