Admirando lo más pequeño

Estamos acostumbrados a la alta tecnología. Ahora apretamos este botón y un gran abanico de posibilidades se abre ante nuestros ojos, quizás sin siquiera movernos del sofá, de la cama, de la silla giratoria delante del ordenador. Damos por hecho que las cosas son así porque sí. El avance imparable de la ciencia hace que a lo mejor no nos paremos a pensar lo complejas que son las cosas, simplemente las aceptamos y ya está. Y sin embargo, son las más insignificantes las más asombrosas.


A mediados de febrero, un mañana soleada en la que conseguí que el tiempo me diera una tregua y me concediera unos minutos de descanso, me dediqué a sembrar. Había comprado guisantes. Nunca había tenido guisantes, la hortaliza que suele decorar primero mi balcón y después mi ensalada siempre ha sido el tomate cherry.
 

No obstante, un plato que es fácil y me gusta mucho es el de guisantes con jamón. Así que, un día disfrutando de ese particular sabor, mezclado a lo mejor con un poco de patata, decidí que tenía que sembrar guisantes. Había visto en un programa que eran plantas trepadoras y tenían una bonita flor. 


Abrí cuidadosamente el sobre con las semillas y unos granitos cayeron sobre la palma de mi mano. Los miré por un momento, estaban secos y arrugaditos. ¿Cómo podía ser que con un poco de agua y tierra volvieran a la vida? Los coloqué uno a uno sobre tierra mullida especial para siembra. Los tapé con más tierra y los regué. Parecía estar siguiendo las instrucciones de un libro de recetas.


Poco menos de una semana después, aquellos guisantes inertes comenzaron a despuntar con un tallo verde. Aquel era el milagro de la vida, tan simple como un guisante, tan complejo de explicar y tras seguir la receta adecuada.





¡Este verano comeremos guisantes con jamón! ¿Quién se apunta?

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