La playa, ese lugar
donde uno va simplemente a no hacer nada, a dejarse dorar por el sol mientras
el sonido de las olas mecen el oído. Es de los pocos lugares públicos, a parte
de la biblioteca, en el que uno puede leer y dejarse llevar por las miles de
historias que cuentan los libros de bolsillo, que al final acaban doblados, con
rastros de humedad y arena entre sus páginas. Aunque si el libro no engancha,
es posible distraerse fácilmente: con el infinito azul del mar y sus reflejos
plateados por la mañana y dorados por la tarde, con la conversación de la
sombrilla de al lado o con el cuerpo Danone que justo pasa caminando por la
orilla.
Sin embargo, antes
de sumergirse entre las páginas de un libro, hay que instalarse, buscar el mejor
sitio, y llegues pronto o ya al mediodía, siempre se te plantará alguien
delante. Porque la playa no tiene marcadas las líneas de separación como las
del parking. A este proceso de poner las sillas, clavar la sombrilla y demás,
mi abuelo lo llamaba “la plantá”. Después hay que ponerse crema. Todo el mundo
sabe que hay que encremarse media hora antes de exponerse al sol, pero la
realidad es un poco distinta, pues quién quiere salir ya pegajoso de casa. Así
que, todos en fila (aquí siempre es mejor ir en grupo o por lo menos no ir solo
a la playa) yo te pongo crema en la espalda y luego tú a mí. Este segundo paso
que puede ser de lo más variopinto mi abuelo lo denominaba, “la cremá”.
Y cuidado con el
tipo de crema que uses, pues yo compré una que era tan densa que estuve varios
días paseando por la playa con un cara fantasmal. Con razón me cruzaba con
miradas curiosas. Pero claro, antes blanco que rojo cangrejo. Una vez, tuve en
mis manos una crema del factor cincuenta que era azul pitufo. Y ya cuando se está
cubierto de crema de arriba abajo o bien uno se sienta a leer o se va a pasear,
porque meterse al agua directamente sería perder lo que tanto trabajo ha
costado repartir por todo el cuerpo. En el paseo siempre se cruzará un niño
corriendo hacia el agua en su empeño por llenar un cubo para modelar su
castillo de arena, salpicará y nos hará darnos cuenta de que el agua está fría
y lo de bañarse puede esperar.
Qué relajante es
andar por la arena con los pies desnudos, dejar que las olas rocen los dedos e
imprimir una huella efímera tras otras en el camino. Pasear, pasear sin rumbo,
sin dirección ni destino, simplemente de aquí a allá y volver a la sombrilla. Y
en el paseo te cruzas con gente como tú que solo busca el placer de andar bajo
el sol sobre una alfombra de arena y sal, gente que pueden ser banqueros,
empresarios, obreros, profesores, secretarios, bomberos…, pero que en bañador
son todos la misma persona, “playeros”.
Y tras pasear por la
orilla te das cuenta que de verdad hace calor y ya ha llegado el momento de
darse un baño, “la remojá” como diría mi ancestro.
Por último, hacer
mención a la naturaleza autóctona de nuestras playas:
Y no os olvidéis de “la
plantá, la cremá y la remojá“







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