Hace casi un año me
apunté a un gimnasio cerca de casa. Tras oír argumentos a favor de este popular
lugar, decidí que ya era hora de poner final a quizás diez años de poco y nada
de ejercicio regular. Cuando uno deja de estudiar y empieza a trabajar, tiene
quizás más dinero para hacer estas cosas, pero también menos tiempo. Yo no
quería hacer musculitos pues las máquinas me parecían aburridas. Quería ponerme
en forma y no perder el aliento con unas insignificantes escaleras. Empecé
yendo a clases de “zumba” y había mujeres que me doblaban la edad y salían
frescas como rosas de la clase para seguir con otra cosa, mientras que a mí se
me caía la lengua al suelo, la camiseta quedaba empapada y me arrastraba como
podía hasta la ducha. No me interpretéis mal, mi bmi es normal y me gusta
pasear e ir en bici. Pero normalmente el verano se llevaba la mayor parte de mi
ejercicio anual.
El gimnasio es sólo para
mujeres, pequeño y acogedor. Aunque lo de acogedor se lo han tomado muy en
serio y hasta los vestidores y duchas son acogedores, y eso no es bueno. O por
lo menos yo no estaba acostumbrada a ello. Los cambiadores en España en los que
había estado, como los de la piscina, siempre tenían cabinas individuales. Y
pocas eran las mujeres (de los hombres, no lo sé, porque nunca he estado aunque siempre me haya picado la curiosidad) que se cambiaban
abiertamente fuera de las cabinas herméticas y bien cerradas. Al igual que las
duchas, pues qué necesidad había de ver a nuestra vecina duchándose.
Sin embargo, en este
gimnasio alemán, no hay cabinas y las duchas están todas en un mismo
habitáculo. Yo al principio me tapaba con la toalla para vestirme y desvestirme
llegando a hacer malabares imposibles. Buscaba la ducha más escondida y la
conseguí encontrar. Y todo mi afán era que se viera el menor desnudo posible.
No es que me avergonzara de mi cuerpo, sino de que otros lo vieran y ya si iba
sin depilar…
Curiosamente, yo era la
única que me tomaba tantas molestias, pues por aquella habitación, donde las
miradas se cruzan inevitablemente porque no hay más espacio, pasaban cuerpos
desnudos, vestidos, semidesnudos, jóvenes, maduros, voluminosos, en forma, con
carnes prietas, flácidas; cuerpos que mientras se exponían mantenían una
conversación con otro. Se veía de todo aunque no se quisiera. Resulta ser todo
un espectáculo del pudor, del que uno tiene que coger aire como si fuera a
bucear y quitarse la camiseta sudada delante de otras personas para ir a la
ducha con otras cuantas personas más.
Entonces me acuerdo de
las zonas nudistas que tienen las piscinas al aire libre y pienso ¿será que los
alemanes tienen menos pudor?
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