El lunes 07 de noviembre sale nuestro avión de Zúrich a las nueve de la mañana con rumbo a Málaga, la costa del sol. Durante el trayecto sobre volamos Zaragoza. Hay una capa de nubes impenetrable como una gran alfombra blanca que no me deja ver lo que hay debajo. Pero yo sé que pasamos por encima de la ciudad que me vio nacer. Una ciudad que se mueve y vibra un lunes por la mañana ajena a lo que pasa por encima de ella. Mientras tanto, yo me imagino a cada uno de los miembros de mi familia allí abajo, del tamaño de hormiguitas haciendo sus tareas diarias.
Llegamos a Málaga sobre las doce y cuarto. Las nubes se han quedado atrás en Sierra Nevada y luce el sol implacable haciendo honor al nombre de la zona. Cogemos el coche de alquiler que teníamos reservado y nos adentramos en la autovía del Mediterráneo. Nuestro hotel está en Torrox costa. Al llegar oigo hablar alemán. Nos damos un paseo por la playa y nos cruzamos con una gran mayoría de germano parlantes. Incluso las matrículas de los coches y los carteles de tiendas y bares están en alemán. Me siento extranjera en mi propio país y la ilusión que tenía de volver a inundarme del idioma español queda frustrada de primeras porque el idioma predominante, al menos en esta zona de costa, es el alemán.
No obstante, el paseo es de lo más agradable. Parece increíble que estemos en noviembre. En el hotel nos habíamos cambiado de ropa, del otoño a la primavera, de la camiseta de manga larga y la chaqueta, a la camiseta de manga corta y el pantalón corto. No me extraña que la tercera edad centroeuropea esté aquí reunida. Hay algunos valientes que incluso se bañan en el mar y yo le digo a mi novio que deben de ser noruegos porque si para los alemanes esta temperatura es como la primavera, para los noruegos debe de ser verano. Más tarde, acudimos a la cena del hotel, tenemos media pensión y ante nuestros ojos se abre un variado buffet libre. Por supuesto, en estos casos hay que probarlo todo, pero sobre todo la paella, que tanto echo de menos en Suiza, el gazpacho tan típico andaluz y las olivas de distintas clases y colores. Ahora sí que parezco extranjera atiborrándome de comida española como el resto de comensales del salón. Antes de acostarnos veo la primera parte del debate entre Rajoy y Rubalcaba, a la segunda parte ya me duermo, al fin y al cabo nos hemos levantado a las seis de la mañana y nos queda mucha semana de turismo por delante.
Al día siguiente, martes 08, nos vamos a pasar el día a Nerja. Aparcamos en el parking de la plaza España, esa plaza que se encuentra en todas las ciudades españolas, y casi por casualidad llegamos hasta información y turismo donde me pongo a recoger folletos como loca, una afición heredada de mi madre. Nos dan un mapa y nos informan de que en Nerja se rodó la mítica serie de “Verano Azul”, algo que yo no sabía en absoluto. Y así emprendemos nuestra visita al pueblo con sus principales puntos de interés haciendo referencia a la serie. A partir de ese momento no puedo quitarme de la cabeza y de tararear la musiquilla de la famosa serie. Y para que mi novio, que es alemán, no piense que me ha dado algo, le explico de qué va y le hablo un poco de los personajes.
Vemos entre muchas otras cosas, el parque de verano azul, dedicado a la serie y a sus actores, donde se encuentra el barco de chanquete. Luego llegamos al “balcón de Europa” un mirador donde se puede contemplar el mar y la costa de Nerja. Nos adentramos por la calles estrechas de casas blancas y adoquines para encontrar el bar que salía en la serie. Intento rememorar mentalmente alguna escena y me doy cuenta de que necesito ver la serie otra vez. Hacemos una pausa en este recordatorio televisivo de los años ochenta para tomar algo en un bar de tapas. Nos sentamos en la terraza. Hoy me he puesto crema para el sol en la cara, las gafas de sol han sido necesarias hasta ahora y la frase que no paramos de repetir es “no parece que sea noviembre”.
Pedimos algo de beber e inmediatamente con la bebida nos sirven una tapa gratis como en Madrid, tal y como pude comprobar hace algún tiempo. Lo que lamentablemente no es típico en Zaragoza. Una vez más, me asombra la diversidad cultural de este país y me siento orgullosa de poder formar parte de ella. La tapa que nos sacan son dos mini bocadillos de chorizo frito que está buenísimo. Después nos compramos un helado y seguimos caminando por las calles de Nerja, descubriendo a nuestro paso playas recogidas, casi secretas. Pasamos cerca del parador y le intento explicar a mi novio qué es un parador, aunque creo que no se lo dejo muy claro pues ni yo misma sé qué diferencia hay entre un parador y un hotel. Seguimos andando y andando hasta que llegamos a playa Burriana, la playa principal de la serie. Una playa larga y preciosa con algún chiringuito y grupos de jóvenes, que acaban de salir del instituto, jugando a volley playa.
Volvemos andando hasta el parking y nos vamos a las cuevas de Nerja que están a pocos minutos del pueblo. Las cuevas que fueron descubiertas en 1959 por tres jóvenes del pueblo que cazaban murciélagos, recoge increíbles estalactitas y pinturas rupestres, aunque estas últimas no son visibles al público. La amplitud de la cueva mayor y todas las formaciones geológicas le dejan a uno sin habla y mejor, no se vaya a caer alguna estalactita, pues las hay de grosores considerables. Algunas partes del techo se asemejan al fondo del mar plagado de corales.
Ya de vuelta, llegamos al hotel a tiempo para el comienzo de la cena.“It’s ten to eight and we’re already going to bed” (son las ocho menos diez y ya nos estamos yendo a la cama) “there must be something wrong with us” (algo nos pasa) me dice mi novio más tarde mientras me lavo los dientes. “Se nos ha contagiado el ritmo de la tercera edad” pienso yo. Luego le descubro tumbado en la cama, pero sólo debajo de la colcha. Por segunda vez se le ha olvidado que en el sistema de camas español también hay una sábana.



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