Tras el maratón de cenas y comidas navideñas con sus correspondientes postres y dulces típicos, llegó el año nuevo con sus buenos propósitos, entre ellos, el más nombrado a mi alrededor “hacer dieta”. Y en mi familia no era para menos, pues el sábado catorce teníamos la boda de un primo. Así que, en cuanto la Nochevieja pasó con su champán, las uvas aglomerándose en la boca y mucho comer, la mayor parte de la familia se puso a dieta. Tenía que caber el vestido que ya se había comprado antes de las navidades, quizás ya usado en otra boda, pero es que en tiempo de crisis y, a veces incluso sin ella, hay que dar un buen uso a los trajes de gala. Algunos lo consiguieron, yo opté por no pesarme ni antes de navidad, ni después de la pantagruélica festividad. Después, tocaba probarse el vestido que tan bien guardado esperaba en el armario. Aquí había que coger aire, rezar un poco y esperar que la cremallera subiera hasta arriba de un tirón sin renquear por el camino. Por suerte, yo logré esta parte, aunque al principio pensaba que durante la ceremonia tendría que concentrarme en respirar despacio como un buzo haciendo submarinismo a diez metros de profundidad sintiendo la presión a su alrededor.
Estamos en enero y tras una navidad atípica con tiempo casi primaveral llegó el frio acompañado de un niebla espesa. “No hay calefacción en la iglesia” se comentó el día anterior al enlace. “Pues nos llevamos una manta” dijo mi madre a modo de broma. Yo sin embargo, aquello lo tomé como una gran sugerencia y preparé un par de mantas, de esas de viaje o con las que uno se tapa en el sofá cuando duerme la siesta, no demasiado grandes, ni pesadas como las de cama. Y junto a los zapatos de repuesto planos, porque siempre son necesarios y seamos claros, los zapatos de tacón son preciosos, estilizan la pierna, te hacen parecer más alta, sobre todo cuando se es una de las más bajitas de la familia, pero cuando llevas un par de horas con ellos descubres que la planta del pie también tiene sensibilidad, y es que aunque no lo parezca, los pies son tan sensibles que con el calzado inapropiado pueden entrar en un estado de coma tal, que ni el más duro de los golpes puede despertarlos de su trance como pude comprobar en mi pie derecho al sentarme para el banquete. Pero no adelantemos acontecimientos. De momento estamos con la preparación para el enlace.
El sábado por la mañana en casa de mis padres todo eran prisas, baños abarrotados, maquillaje primero, me visto después ¿o lo hago al revés? Se oía un secador por aquí, una ducha por allá, frases como “¿qué pendientes me quedan mejor?” y el perro roncando en su cojín mientras unos y otros pasábamos por delante. Y luego pasa lo que suele suceder en estos casos de caos preparativo, que las cosas nunca salen lo perfectas que uno las planea: el pelo no se consigue ondular como estaba pensado, la corbata que se había elegido en un principio no se ve tan bien una vez puesta o no encuentras directamente la corbata que deseas porque se ha deslizado a un rincón oscuro del armario, y lo mejor de todo, cuando te pones las medias con sumo cuidado y descubres que ya tienen una carrera que amenaza con convertirse en una bonita autopista recorriendo el paisaje de tu pierna. Sí, yo fui a la boda con una carrera en mi pierna izquierda y como llegaba hasta la rodilla al igual que el vestido y no tenía otras le puse un poco de pintauñas trasparente para que no se decidiera a crecer y me metí en el coche esperando que nadie se diera cuenta.
La boda se celebraba a una hora de Zaragoza, en Alfaro, ya en la comunidad de La Rioja. El día se había levantado con las legañas de la niebla pegadas al cielo, y como si lo hubieran pactado con el señor Tiempo para tan importante día, una vez dejada la autopista se vislumbraba la localidad de Alfaro soleada con un cielo azul y despejado. En cuanto salimos del coche el frío nos recibió con un gélido abrazo. Fuimos andando hacia la plaza de España. Con mis zapatos de tacón sólo podía dar pasos relativamente cortos y mi estilo andando era el mismo que Jar Jar Binks en la guerra de las galaxias, es decir, nada elegante. Al llegar a la plaza, me sorprendió la grandeza de la Colegiata de San Miguel. Es un edificio recién renovado, imponente, majestuoso, una joya guardada en secreto por esta pequeña localidad.
La plaza estaba llena de invitados que se distribuían por la zona soleada. Las cigüeñas iban y venían a una de las torres que habían adoptado para fundar su hogar. La novia llegó radiante con un vestido blanco sin mangas y un único chal de pelo blanco cubriéndole los hombros, desafiando así la temperatura tanto exterior como luego interior en la iglesia. En su muñeca derecha llevaba una fina pulsera azul de hilo y el ramo era sencillo con flores tipo calas de color granate entonando con la camisa del novio que acudió a su encuentro. El resto de invitados fuimos entrando en la Colegiata para tomar asiento.
El interior recién pintado deslumbraba por la nitidez de sus colores y relieves y a pesar de tener la impresión de meterte en una nevera, las exclamaciones de asombro hacia los murales del fondo, las esculturas, los techos, las pinturas, te hacían olvidar por un momento que las medias eran de verano, los zapatos de tacón y debajo del abrigo llevabas un vestido de tirantes. Tomé asiento en la tercera fila y desplegué la manta blanca que había traído cubriendo también a una prima mía, que encontró muy ingenioso el invento. Desde la fila de delante nos comentaron “¡mira, como en los toros!” Entonces la música empezó a sonar y la novia accedió al altar cogida del brazo de su padre, seguida después del novio acompañado por su madre. Se les veía contentos, exultantes y parecía que poco les importaba el frío.
El cura inauguró la ceremonia denominando la boda de experimento al ser la primera desde hacía siete años y tras la muy reciente restauración de la colegiata. Pero de experimento nada porque el resultado fue una ceremonia bonita, tierna y alegre. Bonita por el decorado en el que tuvo lugar, tierna por las lágrimas de emoción del novio al repetir los votos y las de la novia con los discursos de amigos y familiares; y alegre por la música escogida. Porque hay que hacer una mención especial a los cantantes con sus guitarras, pues no les tembló la voz ni un sólo instante a pesar del frío. Y a un ritmo parecido a la canción del mismo nombre de Gloria Estefan, “Santo, Santo…” yo me moví un poco en el banco donde estaba sentada, pero claro esto es una ceremonia seria y lo de bailar viene después. El momento de acción llegó con la paz, ya no sentía los dedos de las manos y qué decir de los pies. “Hay que hacer la cigüeña, le susurro a mi prima” que me mira entonces con cara de extrañeza, “sí, apoyarse con un pierna y frotarse con la otra para entrar en calor”.
Y para darle un toque romántico, mientras se comulgaba posteriormente, se cantó la canción de Rosana “contigo”. Los novios se miraban con complicidad. Él con los ojos vidriosos no podía apartar la mirada de ella y ella, en apariencia más entera, le respondía con un tierno beso capaz de derretir cualquier témpano de hielo con el calor de su amor.
La ceremonia estaba llegando a su fin. Ya estaban casados y la felicidad asomaba en cada mirada, en cada susurro, en sus manos entrelazadas. Después, todos los presentes hicimos una larga fila y les dimos la enhorabuena. Y en este protocolario acto bien ensayado fuimos repartiendo besos y expresiones de emoción al novio, sus padres y a la novia y los suyos.
Hubo un momento en mi vida en que pensé que todo esto de las bodas no era más que un negocio económico en el que salían beneficiados, restaurantes, salas de eventos, hoteles, floristerías, empresas de impresión de tarjetas, agencias de viajes etc. porque todo lo que hay detrás de un día o incluso un fin de semana de celebración es mucho y cuesta mucho dinero. Me aterrorizaba este capitalismo despiadado que trata de sacar beneficio hasta del que se supone es uno de los mejores días de tu vida, el más íntimo y personal y había conseguido que se formara en mí una idea equivocada de este tipo de eventos. Además de olvidar lo esencial, que volví a descubrir cuando transmití mi enhorabuena a estas seis personas. Podéis llamarme cursi, pero fue simplemente la sensación de amor y felicidad que radiaban su rostros lo que me recordó el por qué de las bodas.
Tras esto, algunos nos metimos un momento en una cafetería de la plaza para entrar en calor y descubrir que las medias se iban bajando y con ellas la carrera enmendada, empezando a quedar visible. Cuando los novios salieron de la iglesia se les tiró arroz, confeti y demás. Luego vinieron las fotos grupales en la escalinata. Y rápidamente nos fuimos al restaurante, no hacía una temperatura adecuada para estar demasiado en la calle.
El restaurante nos acogió con una bienvenida en forma de jamón, tartaletas, tostadas de foie, cucharitas de bonito, por supuesto bebidas y luego comenzaron a aparecer croquetas, pulpo a la gallega, brochetas, crema de marisco…un placer para el paladar. Los pies iban entrando en calor, los abrigos se iban dejando en las sillas del salón contiguo donde pasaríamos después para la comida, más fotos y estómagos muy contentos. Para mí, esto que se denominaba aperitivo de bienvenida ya era extraordinario, casi suficiente y lo mejor. A continuación, se pasó al gran salón, parecía que habíamos sido invitados a una comida real por la decoración de la estancia. Cuando me senté me di cuenta de lo cansados que estaban mis pies y que el derecho estaba dormido. En seguida se sirvió el primer plato, si es que se puede denominar como primero, pues aquello fue un comer continuo y ya habíamos empezado. De primero hojaldres de bacalao sin escatimar en salsa, tan suave y sabrosos, y ya estaba llena. De segundo, gambas a la plancha, mi parte favorita del menú. Fue lo más sencillo y me recordaba a las comidas de verano cuando mi padre prepara un aperitivo. Y aunque aquello no era nada fino para la ocasión, y no se correspondía con lo que vestíamos, lo de chuparse los dedos con ese gustillo salado fue lo mejor y no faltó. Como estaba todo planeado, disponíamos de unas servilletas húmedas al aroma de limón para limpiarnos las manos. Después, de tercero, merluza, también de carácter suave y textura agradable, pero yo ya no podía más. Luego, sirvieron un sorbete de mojito y aunque en la carta ponía “o” no se dio a elegir y también se sirvió uno de mandarina, para separar el pescado de la carne que venía a continuación. Con el sorbete de mojito ya me levanté. Tenía que moverme un poco, era incapaz de comer nada más, pero todo estaba tan rico que daba pena no probarlo. Éramos muchos los invitados, fui recorriendo algunas mesas, aprovechando a hablar con unos u otros. Se les entregó algún regalo a los novios que también habían abandonado su mesa y se paseaban de aquí a allá.
Al rato llegó la carne, cordero o solomillo. Yo ya no quería volver a mi sitio, no podía afrontar más comida. De hecho, mi pan al final quedó intacto y no fue el único. Luego el pastel de bodas hizo su entrada triunfal. Los novios empuñaron la daga y lo cortaron como si fueran caballeros de la mesa redonda. Sin embargo, no sé si os habéis fijado en otras bodas, pero este pastel no se reparte entre los invitados. Y la duda es la siguiente: una vez cortado ¿quién se lo come?. Además, tenía buena pinta relleno de chocolate. Entonces llegó el último plato, el postre con fruta, helado de mango y diferentes tipos de chocolate. Aunque para lo dulce parece que siempre hay un hueco en el estómago, he de decir que no me pude terminar mi delicia de tres chocolates. Pero así son las bodas y la navidad y toda festividad que se precie, un simple hartazgo de comer.
Con el café y las copas se comenzó a repartir los presentes para los invitados, una botella de vino de La Rioja, por supuesto, para los hombres y unas alpargatas para las mujeres, por eso de los tacones. Por unos instantes nos vimos envueltos en medio de un mercadillo ambulante de zapatillas. “¿Qué número llevas?- se oía una voz. “Un treinta y nueve” respondía otra. “No me quedan del nueve, voy a ver si tiene mi compañera” y así nos llevamos a casa unas prácticas alpargatas de tela cosidas a mano. La mayoría seguíamos todavía sentados, haciendo fotos, comentando la originalidad de los obsequios y ya habíamos perdido toda noción del tiempo, serían alrededor de las siete y en nuestros comentarios sin darnos cuenta llamábamos al banquete “cena” cuando había empezado siendo una comida.
Pero ahora sí, poco a poco fuimos pasando a la sala contigua, era el momento del baile. Yo me acababa de cambiar de zapatos y me había puesto los planos. Mis pies volvieron a la vida. Los novios inauguraron la sala de baile e inundados por pequeñas luces de colores comenzamos a bailar. La música fue de lo más variada, hubo alguna jota al principio, Paquito chocolatero no podía faltar (nombre gracioso cuando se escribe), mucha música de los ochenta, noventa, tengo un tractor amarillo, un rayo de sol, follow the leader y cada uno iba hacia un lado distinto, el baile de los pajaritos etc.
Sobre las once de la noche empezaron a sacar mini bocadillos de lomo embuchado y de atún. Yo cogí uno de lomo, al pasar una bandeja por mi lado con muchos bocadillitos bien puestos y me sorprendí a mi misma comiéndolo y volviendo a tener hambre. Pero si acabábamos de cenar. A continuación hizo su entrada triunfal una gran fuente de chocolate con bandejas de trozos de fruta y esas chucherías rosas y esponjosas que algunos llaman nubecitas y otros como los de mi generación llamamos jamoncitos.
¡Cómo podía ser! si no me había podido terminar la comida, acababa de engullir un bocadillo y ya estaba pinchando un fresa para bañarla en chocolate. Estaba hipnotizada por aquella cascada del dulce más preciado. Me hubiera gustado haber bebido directamente, pero no era apropiado. ¡Y qué sabor! Luego pinché una chuchería de esas blanditas que como si fuera una trozo de miga de pan absorbía el chocolate para fundirse después en la boca, luego cogí un trozo de kiwi, pinché otra chuchería esponjosa, y… tuve que dejarlo por respeto a mi estómago. A mi lado había quien se le caían los tropezones y se hundían en la balsa de chocolate. Observé por un momento cómo una de esas chucherías rosadas ya se había vuelto oscura y se hundía en el chocolate para después volver a salir a flote. De verdad que ver el chocolate caer te embelesaba, pero ya no debía comer más y me alejé de la fuente de la felicidad con la que todo niño sueña.
Poco más de las doce cual cenicienta volví a Zaragoza, pues al día siguiente debía coger el tren y luego el avión para volver a Suiza.
Con esta larga entrada de blog quisiera dar mi enhorabuena a los novios que ahora estarán disfrutando de su luna de miel. Y como broche final quiero compartir con todos vosotros, especialmente con los románticos, un poema de Bécquer:
XXIII
Por una mirada, un mundo;
Por una sonrisa, un cielo;
Por un beso…¡yo no sé
Qué te diera por un beso!
Por una sonrisa, un cielo;
Por un beso…¡yo no sé
Qué te diera por un beso!
G.A. Bécquer





Nos has hecho volvernos a emocionar!!! gracias por hacernos recordar al detalle el día más especial de nuestras vidas...Un beso Elena y Javier
ResponderEliminarDe nada, me alegro de que os gustara.
EliminarBesos,
Isa